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Lunita tucumana en penumbra: A 60 años del cierre de los ingenios de Tucumán

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Con esperanza o con pena
En los campos de Acheral
Yo he visto a la luna buena
Besando el cañaveral.

– Atahualpa Yupanqui

Hace sesenta años, la lunita tucumana entró en una larga penumbra, porque parecía saber del largo caminar de miseria, penas e incertidumbre que dejaría en las sombras a buena parte de la provincia del noroeste argentino. Pero esta semana, a partir del 22 de agosto, miles de antorchas vuelven a iluminar el cielo sobre la capital, San Miguel de Tucumán, y sobre muchos pequeños pueblos de la provincia.

Nunca se han olvidado de aquel 22 de agosto de 1966: las generaciones subsiguientes han sentido su impacto.

El comandante en jefe del Ejército, Juan Carlos Onganía, recién instalado como gobernante de facto tras derrocar al presidente constitucional Arturo Illía —quien había anulado los contratos petroleros extranjeros—, decretó el cierre de 11 de los 27 ingenios de la provincia de Tucumán, corazón de la industria azucarera nacional. Dos años antes, en la Quinta Conferencia de Jefes de Estado Mayor de los Ejércitos Americanos, Onganía había proclamado públicamente su adhesión a la Doctrina de Seguridad Nacional. Ahora, convertido en golpista, fue el primer dictador argentino que lo implementara.




Los camiones estaban cargados de caña de azúcar. Las máquinas moledoras de las fábricas estaban llenas. Se embolsaban cientos de bolsas de azúcar granulada. Sin embargo, la orden transmitida a los trabajadores fue terminante: “¡Paren las máquinas! Hoy cerramos”.

De un día para otro, 50.000 obreros quedaron cesantes y sus familias, sin sustento. Unas 300.000 personas no vieron otra salida que emigrar hacia Córdoba, Buenos Aires y otros lugares al sur del país. Con cada casa que quedaba vacía, los pueblos que antes bullían de vida fueron convirtiéndose en pueblos fantasmas.

Al régimen militar no le bastó con decretar los cierres. Envió tropas de la Policía Federal para obligar a clausurar los complejos azucareros con candados y cadenas. A los obreros que antes trabajaban en las fábricas los llamaron para desarmar las grandes máquinas que habían sido su fuente de trabajo.

La palabra “ingenio” se refiere a los complejos fabriles que procesan la caña de azúcar, pero también al pueblo que se desarrollaba alrededor de ellos y que dependía de la producción azucarera para asegurar mano de obra barata en cada etapa del proceso, desde el cultivo y la zafra hasta la transformación de la caña en azúcar. Durante la zafra, las poblaciones se multiplicaban con la llegada de jornaleros migrantes, a veces familias enteras provenientes de otras provincias, que debían alojarse en precarias viviendas durante la cosecha.

Cada aspecto de la vida comunitaria y humana dependía de la empresa que operaba el ingenio: las viviendas y calles construidas a las orillas de los altos cañaverales, las escuelas, los servicios médicos, los clubes deportivos, los almacenes, el correo y la iglesia. Todos aquellos fueron también impactados al vaciar los pueblos azucareros.

En el contexto chileno, los ingenios de Tucumán, con sus chimeneas que ascendían a más de treinta metros de altura, pueden compararse con el sistema de los antiguos campamentos del salitre, como Humberstone, con los pueblos mineros de Coronel y con el complejo maderero de Panguipulli. En aquella época, igual que en estos centros productivos chilenos, los ingenios eran lugares de explotación despiadada: arduas jornadas laborales, bajos salarios, exposición a las altas temperaturas de las calderas y un aire impregnado de hollín que cubría a los obreros y penetraba en sus pulmones.

Murales en Tucuman conmemoran el legado del movimiento azucarero (M. Lowy, 2025)

Los ingenios son entes de gran inversión de capital, y el mercado del azúcar baja y sube según los precios establecidos por la esfera capitalista internacional. Se conocen como complejos agroindustriales, las primeras instancias industrializadas de Argentina, desde el siglo 19. La industria azucarera había sido favorecida por subsidios e intervenciones del gobierno federal, y sus sindicatos eran mayoritariamente peronistas. Durante el primer mandato de Juan Domingo Perón, los empresarios lograron mejores rentas y los trabajadores del azúcar obtuvieron mejores salarios y condiciones de vida.

Los logros alcanzados por los obreros de planta y de surco, en gran parte, fueron producto de una poderosa organización sindical: la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA). Fundada en 1944, bajo el alero de la Secretaría de Trabajo y Previsión durante el primer mandato de Perón, y en un clima político favorable a sus reivindicaciones, la FOTIA fue adquiriendo independencia, aunque gran parte de sus afiliados permaneció vinculada al peronismo.

Después del golpe contra Perón, en 1955, sus trabajadores fueron protagonistas de la resistencia. A pocos meses de constituirse como organización sindical, la FOTIA convocó a la primera huelga general de los obreros de 11 ingenios. En los años siguientes hubo nuevas huelgas y movimientos sindicales, que demostraron su temple y consolidaron su fuerza organizativa para conquistar mejores condiciones laborales y aumentos salariales.

La sobreproducción, la caída del precio internacional del azúcar, la disminución de las ganancias empresariales y la necesidad de diversificar la economía tucumana fueron los argumentos oficiales utilizados para justificar el cierre de los ingenios. El objetivo no expresado abiertamente era doblegar a la FOTIA. Con sus 100.000 afiliados, era el cuarto sindicato más grande del país.

El cierre de los ingenios no frenó a la FOTIA. Al contrario, impulsó su articulación con movimientos combativos en toda la provincia: huelgas, tomas de ingenios, intentos por reabrir las fábricas cerradas, barricadas en los caminos, manifestaciones junto a estudiantes y ollas comunes.

En enero de 1967, un disparo policial mató a Hilda Guerrero, coordinadora de una olla común para las familias de los obreros cesantes, encendiendo aún más la indignación popular. Luego, entre el 10 y el 13 de noviembre de 1970, obreros de surco y estudiantes universitarios, estimados entre 15.000 y 20.000 personas, tomaron la capital en lo que se conoce como el Tucumanazo. Fue un estallido social con enfrentamientos entre las fuerzas policiales y los manifestantes, que se extendió por un amplio territorio de la capital tucumana.

Policías bloquean el camino a obreros despedidos de los ingenios. (CONICET)

El movimiento contra el cierre de los ingenios fue un semillero de dirigentes políticos y de otros movimientos sociales. Incluso, desde fines de los ’60 grupos guerrilleros, inspirados por teorías foquistas, se instalaron en los cerros boscosos arriba de los pueblos, considerando que las condiciones apremiantes y contradicciones extremas eran aptas para la transformación profunda. Muchos afiliados y dirigentes de la FOTIA fueron víctimas de la represión, a partir de 1975. Dos líderes de la FOTIA, Leandro Fote y Benito Romano, habían sido elegidos diputados provinciales en los comicios de 1965. Ambos fueron víctimas de la dictadura: Romero fue asesinado en abril 1976; Fote fue secuestrado y desaparecido para siempre en diciembre 1976.

El cierre de los ingenios fue la antesala de lo que vendría en 1975, cuando el Operativo Independencia adelantó en Tucumán el terror estatal que, a partir de marzo de 1976, se extendería a todo el territorio argentino. En 1975 varios pueblos azucareros a lo largo de la Ruta 38 al sur de San Miguel fueron ocupados militarmente y recintos de los ex-ingenios fueron reconvertidos en los primeros centros clandestinos de detención. En los trece meses antes del golpe, casi 200 personas fueron secuestradas y desaparecidas permanentemente en Tucumán, la provincia más chica de la Argentina.

Historiadores, defensores de los derechos humanos y espacios de memoria tucumanos sostienen que, para comprender lo que sucedió después, es necesario remontarse al cierre de los ingenios: 1966 fue un año de inflexión para la FOTIA, para la industria azucarera y para Tucumán.

Hace unos pocos años, Bernardo Alonso, neonatólogo jubilado, volvió a Lastenia, el pueblo donde se crió y cuyo ingenio fue cerrado en 1966. Era otro 22 de agosto, hoy conocido como el Día Nacional del Desagravio al Pueblo Tucumano. Igual que esta semana, se realizaba una marcha con antorchas. De pronto comenzó a sonar una sirena: la que, en el pasado, anunciaba un accidente en la fábrica del ingenio. “De golpe empecé a llorar. Era la misma sirena que escuchaba cuando era un chico de cinco años”, le comentó a esta periodista.

Sesenta años después, aquellas sirenas siguen sonando en la memoria de Tucumán. Y las antorchas que recorren sus pueblos parecen señalar que, aunque muchas chimeneas hayan dejado de humear, la historia de quienes vivieron, trabajaron y lucharon en ellos todavía permanece encendida.

 

Maxine Lowy

 

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