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«La democracia brasileña salvó su alma en las calles y en las redes»: Una conversación con Alberto Aggio sobre el triunfo de Lula y los desafíos del nuevo ciclo

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En esta entrevista exclusiva realizada por Edison Ortiz, el destacado intelectual y sociólogo brasileño Alberto Aggio —referente de la tradición de pensamiento gramsciano y autor de una prolífica obra que incluye su más reciente libro “Brasil Democrático: 40 años de cambios, metamorfosis, trasformismos” (publicado en español en junio de 2026)— analiza en profundidad las claves del triunfo electoral de Luiz Inácio Lula da Silva. A través de una mirada incisiva, Aggio aborda la metamorfosis de la movilización popular, el impacto del terreno digital, la necesidad imperiosa de articular un gobierno de frente amplio republicano y las perspectivas de un eventual agotamiento o reinvención del lulismo tras la derrota de la extrema derecha.

 

La metamorfosis de la movilización: del espacio público a la red

Edison Ortiz: Tradicionalmente, la izquierda brasileña basó su fuerza en la movilización de calle, los sindicatos y los movimientos sociales territorializados. En esta elección, sin embargo, gran parte de la disputa se libró en el terreno digital, donde la derecha y el bolsonarismo solían hegemonizar la narrativa. ¿Considera que el lulismo logró finalmente adaptarse y disputar las redes sociales, o el triunfo respondió más a un voto orgánico de resistencia democrática en las calles?

Alberto Aggio: En efecto, hasta esta elección la extrema derecha había dominado ampliamente el ecosistema de las redes sociales. Sin embargo, la movilización popular articulada inmediatamente después de la primera vuelta, sumada a la determinación de la campaña de Lula de invertir vigorosamente en el ámbito digital mediante el «ejército de Lula» —comandado por el diputado federal André Janones—, logró la proeza de confrontar y superar la hegemonía de la extrema derecha liderada por Flávio Bolsonaro.

La victoria de Lula en el balotaje fue dramática e histórica. Pero representó algo más que un triunfo puramente petista o lulista, e irrumpió mucho más allá del Nordeste brasileño —donde Lula amplió de forma sustancial su caudal electoral—, alcanzando la victoria en los dos mayores centros urbanos del país, São Paulo y Río de Janeiro, donde había sido derrotado en la primera vuelta.

En términos estrictamente electorales, Lula ganó porque logró convocar a quienes se habían abstenido en la primera vuelta, especialmente en las grandes metrópolis. Esto se consiguió mediante movilizaciones de calle protagonizadas por la juventud y el movimiento estudiantil, combinadas con acciones incisivas en las redes sociales. No obstante, es preciso resaltar que toda esta estrategia se articuló como una contraposición directa al perfil de acción de la extrema derecha. No se puede atribuir este fenómeno al lulismo en sí mismo, sino a las circunstancias políticas del momento, que impusieron un giro decisivo en la segunda vuelta. Fue, efectivamente, una victoria que revitalizó la fe en los valores y derechos acumulados a lo largo de toda la trayectoria de redemocratización del país.

Redes sociales e hiperpolarización de la esfera pública

EO: El uso político de algoritmos, las fake news y la desinformación masiva transformaron la discusión ciudadana en Brasil. Desde su análisis sobre la cultura política brasileña, ¿cómo afectaron estas dinámicas digitales al debate democrático tradicional y qué margen le queda a un gobierno de coalición amplia para gobernar en una sociedad tan fragmentada virtualmente?

Alberto Aggio: Pienso que debe quedar claro que, en un escenario de polarización tan rígida como el que atraviesa Brasil, el enfrentamiento en el plano virtual no demostró capacidad para alterar los vectores estructurales del voto. La votación de ambos polos permaneció esencialmente estable, marcando los límites de sus respectivas potencialidades.

Lo que modificó sustancialmente la correlación de fuerzas fue la decisión de la campaña de Lula de enfocar los problemas concretos de la ciudadanía, justo cuando quedó al descubierto el programa práctico de desmantelamiento de la protección social construida desde la Constitución de 1988. La amenaza de debilitar el SUS [Sistema Único de Salud] e institucionalizar una privatización abierta de la salud pública evidenció el desastre que significaría una presidencia de Flávio Bolsonaro, tan solo por citar una dimensión de extrema gravedad. Quedó de manifiesto que el país entero estaba amenazado y que la democracia edificada durante cuatro décadas se hallaba bajo un ataque severo.

Ese fue el eje vertebrador alrededor del cual dio un vuelco la campaña de Lula. Pienso que dicho factor fue decisivo, al combinarse con intervenciones tácticas e incisivas en las redes sociales. La lección fundamental para el próximo mandato es que en Brasil late con fuerza un corazón democrático, el cual debe conectarse con mecanismos más ágiles y eficaces para la difusión de sus valores.

La «sorpresa» electoral y los límites de la sociología política

EO: El resultado electoral volvió a mostrar una contienda sumamente ajustada que desafió a muchas encuestas y análisis previos. En un contexto marcado por la fuerza del conservadurismo cultural y evangélico, ¿cuáles fueron las verdaderas claves del triunfo de Lula? ¿Se trató de una victoria del proyecto del Partido de los Trabajadores (PT) o de un «frente amplio» republicano en defensa de las instituciones?

Alberto Aggio: Ninguna encuesta podía predecir el resultado con precisión, pues este se definió a partir de una reducción significativa de la abstención y de los votos nulos y en blanco. La resolución final operó como una postura clara respecto a lo que se buscaba impedir y a lo que se pretendía preservar. Como se constató, esos factores pesaron en mayor medida para ensanchar el caudal de Lula que el de Flávio Bolsonaro.

La campaña de Lula apeló persistentemente a la ciudadanía para acudir a las urnas a defender los derechos sociales y culturales que la candidatura de Bolsonaro amenazaba de manera explícita. El mapa electoral revela que esta victoria posee un carácter transversal en términos sociales. Desde la perspectiva política, se trata de una victoria de la movilización popular que tomó forma tras la primera vuelta y avanzó con una fuerza impresionante.

Como bien señaló la columnista Miriam Leitão en O Globo: «La estrategia de la segunda vuelta no nació en el comité de campaña del presidente Lula. Brotó en las calles. Un movimiento espontáneo de estudiantes de Niterói, que se extendió por todo el país, comandado por jóvenes nativos digitales. Terminó siendo confirmado por los viejos, que fueron a votar, muchos llevados por sus nietos».

A medida que avanzaban los días, estas movilizaciones adquirieron un objetivo diáfano: conjurar el terror que implicaría el eventual retorno de la familia Bolsonaro al poder, con la consecuente pérdida de derechos e inseguridad colectiva. En suma, esto significó salir en defensa de la Constitución de 1988, de las garantías conquistadas y del horizonte social abierto tras su promulgación. Con este triunfo electoral extraordinario, retorna al centro de la escena la convicción de que la democracia transforma la vida real de las personas —una premisa que la ultraderecha desprecia profundamente—. La victoria tiene una imagen icónica: Lula sosteniendo la bandera de Brasil en una mano y la Constitución en la otra. Se recuperó, finalmente, lo que el bolsonarismo nos había arrebatado: la ocupación del espacio público y la defensa del pueblo, devolviéndole su sentido al verde y amarillo de nuestros símbolos patrios.

El lugar de la militancia frente al pragmatismo institucional

EO: La movilización ciudadana durante la campaña osciló entre el entusiasmo militante del PT y la adhesión pragmática de sectores de centro e izquierda moderada. Desde su lectura sobre el desarrollo del populismo y la democracia en América Latina, ¿cómo debe gestionar Lula la tensión entre responder a las demandas de esa base social movilizada y la necesidad de pactar con el Centro en el Congreso?

Alberto Aggio: La victoria de Lula en la segunda vuelta ofrece profundas enseñanzas que deben ser asimiladas. Considero que coexistieron armónicamente tanto la militancia de izquierda como la adhesión de diversos sectores democráticos reticentes al estilo bolsonarista. Por ello, el nuevo gobierno no puede ser una administración exclusivamente petista o de izquierda; se sostiene sobre un arco de apoyo sumamente heterogéneo y amplio.

Desde mi perspectiva, la gestión entrante debe configurarse como un gobierno de frente amplio y genuinamente democrático. ¿Qué implica esto? No limitarse a confeccionar un gabinete con ministros petistas y no petistas, sino articular de forma permanente con partidos políticos, movimientos sociales y personalidades públicas que contribuyan al ejercicio del gobierno e influyan tanto en el Parlamento como en la sociedad civil.

No debemos sucumbir a la ilusión de que ha llegado la hora de la confrontación social directa ni de la estructuración de un «gobierno de movimientos» o «consejos populares», imitando de forma tardía la experiencia chavista. En el contexto brasileño, esa vía es inviable; nuestra «americanización» constituye un dato sociológico insoslayable entre «los de abajo».

La premisa orientadora del nuevo gobierno debe ser que la democracia no reprime ni bloquea el conflicto social, racial, regional o cultural. Al contrario: debe promover consensos institucionales para encauzar dichas tensiones, otorgándoles legitimidad y eficacia desde las instituciones del Estado. El Ejecutivo no tiene que erigirse en el director ni en el agitador de la lucha social, sino garantizar la mejora de las condiciones de vida mediante la estabilidad, el equilibrio fiscal y la solvencia democrática. No existe otra alternativa para abordar los problemas económicos estructurales y encarar la puesta al día (aggiornamento) de Brasil ante un entorno global interdependiente. Con la victoria de Lula, la democracia brasileña logró sostenerse históricamente y proyectarse ante el mundo como una expresión plena de avance civilizatorio.

Alberto Aggio.

¿Regreso del «lulismo» clásico o emergencia de un nuevo fenómeno político?

Edison Ortiz: Históricamente, el lulismo funcionó como un arbitraje entre las élites económicas y los sectores populares. Sin embargo, la sociedad brasileña actual está atravesada por el fenómeno del emprendedurismo, el ecosistema digital y la precarización laboral. ¿Mantiene el carisma de Lula la misma capacidad de articulación social, o estamos presenciando un nuevo tipo de liderazgo obligado a dialogar con una ciudadanía hiperconectada e individualizada?

Alberto Aggio: Una de las marcas identitarias del liderazgo de Lula —que terminó moldeando la cultura política del PT y del lulismo— es su profunda sensibilidad para identificarse con «los de abajo» y, desde esa posición, negociar pragmáticamente con «los de arriba». Su matriz proviene de la experiencia sindical trasladada a la contienda política.

Durante la dictadura y el proceso de transición, con aciertos y extravíos, el PT y Lula se consolidaron articulando una «cultura del rechazo» hacia las élites tradicionales y cimentando una «economía del afecto» que selló un vínculo orgánico con las clases populares. Esa dimensión aún perdura, aunque mediada por nuevos matices.

Sin embargo, al insertarse plenamente en el sistema político y asumir la conducción del Estado, Lula y la dirigencia del PT adoptaron las reglas de la «elección racional» para negociar pactos de gobernabilidad. De la amalgama entre estas dimensiones surge la imagen de una «metamorfosis ambulante», que muchos analistas tachan apresuradamente de simple «pragmatismo», categoría analítica de escaso alcance.

Pienso que la política continúa operando bajo esa lógica dinámica. Modificar los estilos de acción no es una mera imposición para ganar elecciones o sostener gabinetes; haciendo una analogía con la ecología, forma parte de la «naturaleza del animal». Esto plantea un dilema paradójico: este último triunfo del lulismo podría señalar también su propio agotamiento histórico. Las coordenadas socioeconómicas y culturales que le dieron origen han mutado radicalmente. Por ello, aun preservando el patrimonio histórico acumulado, resulta indispensable una transformación profunda para sostener el éxito, en la medida en que las condiciones del país cambian velozmente. Se trata, en definitiva, del desafío de superarse a sí mismo, aun cuando el horizonte posterior sea todavía incierto. En ese trance nos encontramos.

 

Desbolsonarización y reconstrucción de la esfera pública

EO: A pesar de la derrota ejecutiva, el movimiento conservador mantiene un músculo considerable en redes sociales, gobiernos estatales y el Poder Legislativo. ¿Cómo se reconstruye el tejido social y la convivencia democrática en Brasil cuando los canales de comunicación cotidiana de millones de personas continúan operando bajo lógicas de polarización extrema?

Alberto Aggio: Aunque la primera vuelta evidenció un avance legislativo inédito de la extrema derecha —especialmente en el Congreso y el Senado—, ese impulso se desdibujó en el balotaje con la derrota de Flávio Bolsonaro, su actitud desinteresada con las normas republicanas y, finalmente, su salida del país.

Es rotundamente falsa la narrativa que intenta presentarlo como una figura perseguida en busca de asilo político. El objetivo de su candidatura era alcanzar la presidencia para eludir responsabilidades penales e inmunizarse ante investigaciones por actividades ilícitas y lavado de dinero, con nexos opacos que son de público conocimiento.

El liderazgo bolsonarista sufre hoy un desgaste severo debido a la derrota, el abandono de sus bases y la huida de sus principales referentes. Todo apunta a un debilitamiento progresivo en la alianza entre la ultraderecha y los sectores de la derecha tradicional, lo que provocará fragmentación y la emergencia de nuevos liderazgos.

Estas secuelas electorales sugieren que el esquema de polarización rígida entre petismo y bolsonarismo podría tener los días contados. No obstante, está por verse qué tipo de configuraciones emergerán, considerando además que Michelle Bolsonaro obtuvo un escaño en el Senado por Brasilia y Carlos Bolsonaro hizo lo propio por Santa Catarina, asumiendo ambos a inicios de 2027. Trascender la hegemonía de la familia Bolsonaro será una condición indispensable para inaugurar una nueva etapa y abrir cauce a una esfera pública más plural, deliberativa y saludable.

 

 Edison Ortiz

 

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