Al forzar la salida de Francisco Vidal de TVN, José Antonio Kast logra mover la agenda y presentarse como defensor del pluralismo. Pero lo hace para tapar lo incómodo: los bots que existen y las denuncias que lo acechan.
Bots posee la fuerza de la novedad, venida de otras latitudes. Símbolo de nuestro tiempo, marcado por el miedo al futuro, donde se ignora si de súbito, va a oscurecer para siempre. Frente a esta disyuntiva, bots logra inyectar pasión, donde no la había.
En otro país, un escándalo por bots, difamación sistemática, manipulación informativa y guerra sucia digital bastaría para demoler una candidatura. En Chile, lo confirma Criteria y lo repite Cadem: José Antonio Kast no pierde votos. Porque aquí no se vota por ideas, se vota por cruzadas. No se elige un presidente, se consagra un exorcista nacional.
Aunque Jeannette Jara lidera la carrera presidencial en primera vuelta con el 30% de las preferencias, los sondeos proyectan una derrota ante José Antonio Kast en el balotaje.
Pero lo que más irrita es que se denominen periodistas quienes a diario manifiestan su obsecuente actitud y desinformación. Su completa falta de independencia y, repetimos, incompetencia.
En resumen, debido a que no puede prosperar la transacción comercial entre la empresa y las cooperativas, el gobierno tendría que asumir esa responsabilidad con millonarios recursos públicos, si más adelante se llega a un acuerdo en la tasación del m2 del terreno.
El escándalo de los bots de Kast no es un episodio aislado, sino una señal de alarma sobre cómo se degrada la democracia en la era digital. Las campañas de odio, impulsadas por máquinas que no son ciudadanos, moldean la conversación pública, silencian voces críticas y erosionan la confianza en la política.