Latinoamérica Opinión

El trumpismo y la nueva cara de la ultraderecha latinoamericana

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En un mapa de Sudamérica los gobiernos progresistas hoy predominan sobre los de la derecha política, (las únicas excepciones son Uruguay, Paraguay y Ecuador); el líder de la extrema derecha continental era Jair Bolsonaro, (excapitán, admirador de las dictaduras militares brasileras y de Pinochet y Videla en Argentina y Chile, respectivamente).

Bolsonaro, imitador del modelo del ex Presidente Donald Trump, en su afán de asimilarse a su héroe, despreció la capacidad mortal de virus del Covid-19 y, al igual que en Estados Unidos, Brasil ocupa el primer lugar en mortalidad, muy cercana a la acaecida en Estados Unidos; en ambos casos, de no existir el federalismo que permitía a los gobernadores hacer caso omiso de las políticas genocidas de Trump y Bolsonaro, la debacle hubiera sido aún mayor, un verdadero Armagedón pestífero.

En su afán de imitar a su mentor, Bolsonaro también despreció el riesgo del calentamiento global para el destino de la humanidad, nada menos que permitiendo la quema de gran parte del pulmón amazónico, en el territorio de Brasil, a fin de favorecer a los ricos, sin importar la destrucción de los ecosistemas.

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La segunda vuelta en las elecciones presidenciales dio el triunfo por estrecho margen (de un 2%), al Luíz Inácio da Silva; esta diferencia tan estrecha permitía a la ultraderecha evangélica fanática, militarista y de los Chicago-Boys, contar con una mitad de los votos de la ciudadanía. Así Lula da Silva se empeñe en negar la existencia de dos Brasil, la realidad es que la proporción de los brasileros que siguen al genocida, émulo de Trump, es poderosa y, a partir de la toma del poder por Lula da Silva, a partir del 1º de Enero de 2023, quiso mostrar su poder para pedir una intervención militar, en los distintos campamentos, frente a los Regimientos, (el más numeroso se encuentra en Brasilia, la capital).

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La estrategia de esta derecha bolsonarista-trumpista consiste en la aplicación de “lawfare”, (guerra de la ley), que se trata de calumniar al rival político con noticias falsas y acusaciones injuriosas y calumniosas hasta convertirlo en un paria social y político y, ojalá, conducirlo a la cárcel. En Brasil esta víctima fue Luíz Inácio Lula da Silva, acusado por el prevaricador juez, Sergio Moro, (posteriormente ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro, quien renunció por discrepancias con el Presidente genocida).

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Jair Bolsonaro, incluso antes de la segunda vuelta, anunció que no reconocería el resultado de las elecciones, salvo si  él triunfaba, pues lo contrario, sería un fraude, (la misma actitud tomado de su maestro Trump al negarse a aceptar el triunfo de su rival, el demócrata Joe Biden), y cumpliendo su palabra, Bolsonaro mantuvo el silencio, pero también la complicidad para que sus adeptos acamparan ante los Regimientos pidiendo un pronunciamiento militar.

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Es cierto que, en la actualidad, los golpes militares no tienen las mismas características que aquellos que participaron en la llamada “Operación Cóndor”: la derecha antidemocrática ha elegido caminos más complejos y astutos, sea para eliminar candidatos rivales de izquierda, o bien, para derrocar gobiernos progresistas.

En Bolivia, por ejemplo, se utilizó la misión de la OEA, comandada por su secretario general, Luis Almagro, la huelga de la policía, las manifestaciones de santacruceños, liderados por el fanático católico, Luis Fernando Camacho, (hoy detenido a causa del juicio “golpe de Estado 1”), además del Ejército, que completó la estrategia golpista, delineada por la OEA, que terminó con el derrocamiento del Presidente de entones, Evo Morales.

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En el caso de Perú, el fujimorismo, sumado a tres Almirantes, se adueñaron del Congreso, que ostenta un marcado récord de corrupción, (lo que es poco decir ante la realidad actual peruana), pues la mayoría de los congresistas defienden sus negociados, especialmente  en las escuelas privadas de dudosa catadura. El fujimorismo, que había apartado del camino a tres gobiernos sucesivos amenazando con la vacancia por incapacidad moral, estaba decidido a hacer caer al maestro rural, Pedro Castillo, no sólo porque era “cholo”, (o “terruco”), sino también por haber aprendido mañas de corrupción  más caseras que la corrupción que llevaban a efecto los clásicos oligarcas limeños, de modales virreinales. Luego de tratativas de imponer el sable, los fujimoristas y sus Almirantes volvieron a usar el camino de la vacancia: el 7 de diciembre de 2022, a las 15 horas se votaba la vacancia en contra de Castillo, pero sorpresivamente el propio Presidente  se puso la soga al cuello al amenazar con la disolución del Congreso, y en la guerra entre el Ejecutivo y el Congreso, Castillo tenía todas las de ganar, pues el pueblo se identificaba con él, y no con los congresistas, sin embargo, estos ganaron.

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La crisis de representación se ha transformado en un riesgo de muerte para las democracias: los casos de Brasil, Bolivia y Perú están anticipando una debilidad de las ideas democráticas. El trumpismo está abriendo el camino a una derecha que desprecia la vía electoral prefiriendo dictaduras populistas a partidos y líderes políticos de contextura democrática. En el caso de Chile, la última encuesta CEP marcó un notorio porcentaje en favor de la dictadura.

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El fascismo-nazismo de los años 30 fue la expresión vulgar de la dictadura totalitaria de la derecha, y hoy se expresa en personajes aventureros y ansiosos de poder, que se afirman en el monopolio de las armas, propios del Estado-Nación.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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10/01/2023

 

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Historiador y cronista

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