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El pueblo se organiza para superar la emergencia provocada por el incendio en los cerros de Valparaíso

Fotos: Guillermo Correa Camiroaga

Este sábado, por tercera vez, concurrimos con nuestra ayuda solidaria al sector siniestrado. Esta vez decidimos dirigirnos hacia el barrio de La Isla, en el cerro San Roque, y nos reunimos a las 11 de la mañana en la Plaza Aníbal Pinto para tomar la locomoción que nos acercaría hasta dicho lugar. Al llegar allá pudimos constatar  la presencia, a la entrada del área damnificada, de un centro de acopio, una brigada de primeros auxilios y otra de abastecimiento de alimentos que ofrecían a las voluntarias y voluntarios implementos de trabajo como guantes, mascarillas, lentes protectores, bloqueador solar, agua, jugo, fruta y sándwiches. Esta vez aceptamos los guantes con la idea de dar una mano en la remoción de los escombros y la limpieza de los sitios.

 

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Como en días anteriores nos desplazamos por las quebradas donde trabajan las cuadrillas de voluntarias y voluntarios para entregarles en forma directa las cajitas de jugos que llevábamos en nuestras mochilas, ya que, aún cuando hay centros de abastecimientos como el indicado más arriba,  durante la extensa jornada las muchachas y los jóvenes se mantienen por largas horas en el mismo lugar en donde están trabajando.

 

 

Pudimos observar que prácticamente todo el sector estaba libre de materiales y los latones de zinc que se acumulaban ordenadamente como muros apergaminados al costado de la calle habían sido retirados. La tarea estaba centrada en la limpieza más detallada de los distintos terrenos en donde se ubicaban las casas que se quemaron. Recorrimos el sector, pero nos dimos cuenta que nuestra presencia allí era inútil en ese instante, por lo que decidimos desplazarnos una vez más hacia el cerro Rocuant.

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Antes de retirarnos del sector de La Isla, las sirenas de los carros de bomberos concitaron la atención de todas y todos quienes estábamos presentes allí, viendo enseguida aparecer por las sinuosas y estrechas calles dos carros y algunos vehículos menores, en donde los “chicos buenos”, algunos disfrazados de pascueros, llegaban cargados de regalos que distribuyeron entre los niños y niñas de la población, ante la mirada sorprendida y alegre de las familias que aplaudieron vivamente este noble gesto de quienes cumplieron, además, una abnegada y desinteresada labor para controlar y apagar el incendio, evitando así , junto a vecinos y voluntarios, que el daño fuera aún mayor.

 

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 Emocionados de ser testigos directos de este hermoso acto solidario, partimos en dirección a Rocuant. Esta vez optamos por continuar hacia el sector más alto, denominado población Las Torres, ya que en los días anteriores nuestro pequeño aporte se acabada en el primer tramo de la calle Nueve. Acá la situación del retiro de los escombros era similar a la observada en La Isla, pero aún quedaba todavía bastante trabajo por hacer, debido a que el sector siniestrado es más extenso.

 

 

 

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Mientras nos dirigíamos hacia la parte alta del cerro pudimos apreciar de mejor manera, debido a lo despejado que estaba el lugar a diferencia de los días anteriores, las distintas formas en que se han organizado los sectores populares para enfrentar la emergencia. Varias Ollas Comunes, algunas ubicadas en los patios de las casas que no fueron afectadas por el incendio y gestionadas por los propios vecinos; otras instaladas en los sitios eriazos de las casas siniestradas a cargo de voluntarias y voluntarios provenientes de distintos lugares de la V Región, quienes provistos de alimentos y de los enseres necesarios suben muy temprano en la mañana para preparar alrededor de 250 a 300 porciones de almuerzo cada día. Pequeñas mesas plegables, de esas que se usan en los camping, desplegadas por aquí y por allá, ofrecían refrigerios, frutas y emparedados a quienes se desplazaban frente a ellas. En otros rincones, pequeños grupos de personas voluntarias se encargaban de entregar ropa seleccionada por tallas, y zapatos ordenados por números. Estos pequeños puestos solidarios, cuidadosamente organizados y distribuidos estratégicamente a lo largo de las diferentes calles y pasajes, se agregaban a los lugares de acopio y atención de salud ubicados en escuelas, juntas de vecinos y centros deportivos.

 

Un poco más adelante, una cancha deportiva estaba transformada en una plaza de juegos infantiles, donde diferentes grupos de jóvenes y muchachas de teatro, junto a un variado grupo de voluntarios y voluntarias, entre los cuales se encontraban hinchas del club deportivo Santiago Wanderers, realizaban juegos y compartían con los niños y niñas, llenando de alegría y color dicho lugar.

 

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 Mientras avanzábamos hacia el sector en donde bajaríamos por la quebrada para repartir los jugos que llevábamos en las mochilas, una muchacha caracterizada de payasa repartía pequeños juguetes a los niños y niñas que deambulaban en este otro lugar y al observar la presencia de dos Carabineros de Fuerzas Especiales apostados en las cercanías expresó en voz alta “a ustedes les voy a regalar unos chanchitos, porque así se han portado con la gente que marcha en Valparaíso”. Los uniformados se dieron vuelta y miraron con una risa nerviosa, mientras la payasita se dirigía hacia ellos y estiraba una mano con  un chanchito de goma como para entregárselos. Uno de los policías, en una actitud de no saber cómo reaccionar, extendió su brazo para recibir el regalo, pero la muchacha realizó una especie de viraje con su cuerpo y exclamó “ni siquiera esto se merecen”, pasando por el lado de ellos para continuar caminando hacia la improvisada plaza de juegos infantiles. Puede parecer un gesto insignificante en medio de esta conmovedora situación, pero refleja el profundo malestar y desagrado que las porteñas y porteños tienen hoy día por los uniformados, y especialmente por las Fuerzas  Especiales de Carabineros, debido a la brutal represión con la que han actuado en contra de quienes se manifiestan libre y pacíficamente en las calles de Valparaíso.

 

 

Al llegar al sector de Las Torres comenzamos a bajar hacia las quebradas, para entregar los jugos a los numerosos jóvenes y muchachas que allí trabajaban juntando los escombros con palas o con sus propias manos enguantadas, cargando carretillas, baldes o bolsas con escombros, las que eran transportadas a pulso hacia la parte alta, conformando ordenados montículos de material para que fuera fácil  retirarlo y cargarlo en los camiones encargados de su transporte.

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Otras personas, en grupos de a dos, tres o cuatro, bajaban con cajas de fruta o algunas colaciones, cumpliendo una labor similar a la nuestra. También pude ver a un par de muchachas que se dirigían a las familias que estaban cuidando y limpiando sus terrenos, cargadas con ropa, pañales y dos coches de guagua, todos en excelente estado, para ofrecerlos y entregarlos directamente.

 

 

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Al continuar bajando la quebrada pude ver hacia el fondo una pequeña zona plana, donde funcionaba una plaza infantil, con los restos de un juego metálico deformado por el fuego, en cuyo borde, que da hacia el fondo de la quebrada, un niño de alrededor de unos 10 años observaba detenida y pensativamente los alrededores arrasados por el incendio, girándose de vez en cuando a mirar la plaza destruida. Al llegar junto a él le ofrecí una caja de jugos de frutas y, con una mirada profunda y serena me dijo “muchas gracias caballero, hace un ratito tomé un poco de agua, lléveselo a los voluntarios que están trabajando al sol”. Le insistí diciéndole que lo guardara para más tarde, porque llevaba más cajitas para repartir entre quienes estaban trabajando, pero insistió en rechazarlo, ya  que me servirían para entregárselo a otras personas, “yo estoy bien por ahora, muchas gracias”, agregó y me saludo agitando la mano.  No pude dejar de conmoverme por el solidario y generoso comportamiento de este pequeño y mientras me alejaba di una media vuelta para mirar nuevamente desde arriba hacia la plaza infantil, donde la presencia de este niño solitario llenaba de vida este desolado espacio ubicado en medio del cerro calcinado, transformándose, ante mis ojos, en un potente símbolo de desigualdad social.

 

 

Mientras intercambiaba opiniones con los otros compañeros que subimos a cooperar ayer sábado 28 de diciembre respecto a lo observado durante la jornada, una muchacha con su cara cubierta de cenizas se nos acercó para pedirnos participar de una cadena de retiro de escombros. Nos pusimos los guantes, y nos ubicamos en medio de una larga columna formada por unas veinte a treinta personas que desde unos cien metros más abajo, por una empinada ladera y por los restos de una escalera labrada en la tierra, transportaba, como una correa de montaje, los sacos de escombros,  entrelazando sus manos solidarias para traspasarlos y depositarlos en la superficie  próxima a la calle. En medio de pequeñas pausas, mientras volvían hacia abajo los sacos que habían sido vaciados para ser llenados nuevamente con material desde el fondo de la quebrada, los jóvenes y muchachas conversaban tratándose de “hermanos, hermanas”, preguntando de qué sectores venían, pudiendo así enterarme dentro de las seis personas que formábamos el eslabón de la cadena humana solidaria en ese sector, no solamente eran de la V Región, de localidades como Placilla, Quilpué, Playa Ancha, Recreo, sino que también de otros lugares del país, como Curicó o  San Fernando. La edad promedio de quienes estaban allí sería de unos 20 años, excluyéndome naturalmente. Otro hecho anecdótico ocurrió allí, cuando algunos integrantes del personal de la Defensa Civil pasaron por el lado nuestra y la muchacha de Placilla lanzó al aire la pregunta “¿estos de uniforme azul son de los buenos o los malos?, porque a mí no me gustan ni los pacos ni los marinos”. El joven de Quilpué, que se encontraba junto a ella, le respondió “ ellos son como los bomberos, son chicos buenos”.

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Al terminar la faena y retirarnos de dicho lugar, divisé a lo lejos una cara conocida participando de otra cadena similar y me acerqué a saludarlo. Se trataba de Tito, un amigo Sociólogo al que, en un momento de pausa en el trabajo, le solicité que me entregara su testimonio de cómo había visto este proceso de apoyo y respuesta popular, ya que sabía que él subía todos los días a cooperar desde muy temprano y se quedaba hasta avanzada la tarde acá en los cerros. A continuación transcribo el testimonio que me entregó:

 

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“Una de las cosas que primero me impresionó fue el nivel de destrucción que existía en Rocuant, que es el primer lugar que visitamos cuando subimos al cerro, pero no lo visitamos solamente para observar lo que sucedía, sino para trabajar como voluntarios. Vi el mismo nivel de destrucción que hubo en el incendio del 2014 en Las Cañas, El Litre, el cerro La Cruz, en el mega incendio donde se quemaron tres mil casas, solo que, afortunadamente, fue a una menor escala en esta ocasión, lo que no quita el dramático efecto sobre los cientos de familias afectadas.  

 

Al mismo tiempo hubo dos cosas más que me llamaron la atención. Una de ellas fue la gran fuerza que tenían los vecinos y vecinas, que ya estaban organizados y que , aparte de la fuerza, tenían un gran ánimo; no vi a nadie llorando, todos estaban trabajando, muy organizados y con gran esperanza en el futuro de que iban a superar esta situación, trágica por cierto. 

 

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La otra cosa es la rapidez con que habían retirado una parte importante de los escombros, algo que no se vio inmediatamente en el incendio anterior del 2014, probablemente debido en esa ocasión a la magnitud del incendio. Me llamó la atención el despeje de las latas, de la techumbre

 

 

 

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(…).Al comienzo, al día siguiente de iniciado el incendio, la presencia de la juventud no era tan notoria, pero luego se incrementó en forma muy rápida y luego la presencia juvenil fue mayoritaria. Claramente los jóvenes, y probablemente muchos de los que estaban en primera línea, los que estaban en las brigadas de salud y los que participaron en las manifestaciones en las calles, estaban acá también.                                                                                                        

 

Nuevamente se hicieron presentes las porteñas y los porteños con su espíritu solidario, y también vinieron voluntarios de otras localidades. Estuve conversando con gente que era de Quilpué, de Villa Alemana, de muchos cerros de Valparaíso e incluso gente de Santiago, que estaban simplemente ayudando acá como voluntarios, para  con su esfuerzo, energía y tiempo, ayudar a la gente que estaba viviendo esta tremenda tragedia.                                                          

 

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(…) Llegamos como voluntarios, con  compañeras y compañeros, simplemente para ayudar. Posteriormente llegó gente de la Municipalidad y la primera autoridad que llegó acá fue el Alcalde Sharp, con el Director de Salud y otro personal de la Dirección de Desarrollo Territorial, para ayudar en forma inmediata y concreta a los damnificados, a los vecinas y vecinas afectados. El Alcalde recorrió todas las quebradas hasta el último rincón, visitó Rocuant, San Roque, las poblaciones afectadas como fueron Portezuelo, Hernán Mery, Las Torres, La Isla. De lo que pude apreciar, la recepción fue extraordinaria, porque como digo era la primera autoridad que llegaba al lugar, que se hacía presente, y ahí se pudo sentir en el ambiente la importancia de su presencia en el terreno mismo, lo que permitió que les explicara a los vecinos y vecinas los beneficios o ayuda que iban a tener ellos ante esta inmensa tragedia.

 

                                                 (…) Muchos de los vecinos también manifestaron su gratitud con los voluntarios, señalando que fue inconmensurable la ayuda entregada por ellos. Hay que destacar la solidaridad recíproca, ya que por un lado estaban los vecinos que proporcionaban alimentos, agua, sánguches a los voluntarios que llegaban acá, y por otro lado los voluntarios que llegaban, además de venir a trabajar, traían también esos mismos elementos para entregárselos a los vecinos. Se dio un hermoso intercambio recíproco de solidaridad, de fraternidad. Además llegaron otras organizaciones que traían elementos de seguridad para poder trabajaren condiciones más seguras, como guantes, lentes y mascarillas. Resumiendo, durante todos estos días he podido ver una gran presencia de personas voluntarias, la mayoría de ellos jóvenes. Quisiera agregar que, aún cuando esa masividad daba la impresión de un desorden  ya que las estrechas calles estaban llenas de gente, ellos han mostrado una gran capacidad de entrega y organización, lo que se puede observar con lo despejado que se encuentran ahora estos sectores.     

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Pero esta es una pega larga, ya que ahora viene la tarea de la reconstrucción y se seguirán necesitando manos para seguir trabajando y ayudando acá arriba.”

 

 

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Después de esta nueva jornada solidaria ha sido posible apreciar más en profundidad la capacidad creativa y la forma multifacética en que el pueblo movilizado a formado pequeñas organizaciones populares en esta situación de emergencia, sembrando semillas de lo que podríamos llamar poder popular, que, además, se asemeja mucho a la forma en cómo se han organizado las porteñas y porteños rebeldes durante las múltiples jornadas de movilizaciones en la rebelión popular iniciada el 18 de octubre.

 

En el caso de esta emergencia provocada por el incendio en estos cerros de Valparaíso, la primera línea solidaria y las demás líneas de acción y de apoyo, se han ido creando según las necesidades y desafíos que el propio territorio y la situación exige.

 

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Guillermo Correa Camiroaga, Valparaíso 29 de diciembre 2019

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  1. La misma comicidad puesta o garrapateada en palabras escritas.
    Un monumento es poco para este Sr. e “escritor”. Merece algo más
    contundente. Un premio especial de dorado color. Puro oro y de oro
    legítimo. Gran “premio” a la constancia en temas agudos…
    …………..

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