Cualquiera sea el Presidente de Estados Unidos hay muy pocas posibilidades de que la política de ese país y Latinoamérica puedan cambiar substancialmente sus relaciones, al menos en el corto plazo.

Quizás el intervencionismo del gobierno de Joe Biden respecto a Cuba, Nicaragua y Venezuela, por ejemplo, sea de menor intensidad y con maneras más prudentes que las del gobierno anterior – al menos, Biden tendrá mejores relaciones con Cuba que Trump – sin embargo, los logros no serían superiores a los establecidos entre los dos países, durante la administración de Barack Obama-Raúl Castro.

El tema principal del actual gobierno de Estados Unidos es el de la inmigración, proveniente de habitantes de países del triángulo norte, (Honduras, Guatemala y El Salvador), que va a requerir una audaz política de cooperación con México: la política acordada entre Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador sobre un “tercer Estado”, debe ser capaz de retener las caravanas de inmigrantes en México, a la espera de una aprobación de una solicitud de exilio que tarda en llegar. A su vez, se ve muy lejana una “poderosa inversión” al sur de México y al norte de Centroamérica, a fin de evitar que muchos de los habitantes de los países concernidos y que se encuentran en la miseria, puedan vivir con cierta calidad de vida en sus países de origen.

El gobierno de Trump favoreció en Honduras – el país más pobre de América Central – la mantención de un gobierno, que llegó al poder a causa del fraude electoral y, a la vez, su Presidente, Juan Orlando Hernández – hermano de un narcotraficante y, a su vez, su socio – se mantiene en el poder gracias al apoyo de la administración de Trump. En el caso de El Salvador, un joven Presidente invade el Congreso, y pretende comenzar una guerra de exterminio contra las maras, (mafias de narcotraficantes que se han apoderado de ese país). En Guatemala, las organizaciones populares resisten a un gobierno y a un parlamento corrupto: durante varios días han ocupado las calles de las principales ciudades, pero aún no se deshacen de su corrupta clase política.

Advertisement

Al Presidente de Estados Unidos le espera una tarea de proporciones a fin de enfrentar el tema de la inmigración que, supone, en un lapso no muy extendido, proporcionar la nacionalidad norteamericana a 11 millones de ciudadanos indocumentados, con cinco años de residencia en ese país. Ya eliminó, al menos, la orden ejecutiva de Trump, la cual prohibía el ingreso de personas provenientes de países de mayoría musulmana y, por otra parte, ha dado gran importancia a las políticas concernientes a los “jóvenes soñadores”.

Respecto de los países de América del Sur, sólo se prevé que Joe Biden acentúe la política intervencionista en Venezuela, esta vez con más dificultad, pues el auto-proclamado Juan Guaidó ha demostrado ser un oportunista, corrupto y ladrón; por otra parte, la oposición venezolana ha probado su incapacidad para llevar a cabo un frente unido: los antiguos Partidos políticos, COPEI y ADECO, (socialcristiano y socialdemócrata, respectivamente), no son menos corruptos que sus congéneres en América Latina y en el resto del mundo.

En cuanto al resto de los países sudamericanos, Colombia, por ejemplo, seguirá siendo el mozo de Estados Unidos mientras el uribismo esté en el poder; Ecuador está gobernado por un Presidente desastroso, y no le resta más recurso que aguantar hasta que la situación pueda mejorar. El Cono Sur, con países ricos en litio y tierras raras, se ha convertido en el foco esencial del interés de la política china que, durante el período del gobierno de Trump, derrotó a Estados Unidos en la guerra tecnológica, con productos de cuarta y quinta generación.

El Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, un fiel imitador del mal gobierno de Trump, está siguiendo el camino de su “maestro”: se dio el lujo de declarar que la Covid-19 era sólo un resfrío, y hoy, ese país figura entre los dos países más contagiados del mundo y que ha cobrado más vidas, (Manaos, la capital del Amazonas, es un infierno, incapaz de frenar esta pandemia). En Brasil, ya se ven brotes de rebelión y, esperemos, el Presidente sea derrotado y juzgado lo más pronto posible.

Advertisement

Argentina desde hace tiempo se ha declarado incapaz de pagar sus deudas, y el gobierno de Alberto Fernández sobrevive gracias a la popularidad del peronismo que, desde los años 50, puso fin a una ultraderecha incompetente que tuvo que recurrir a milicos incapaces.

En Chile, el Presidente Piñera, (“chupamedias” de Trump), desde el inicio del “estallido social”, el 18 de octubre de 2020, dejó de ser el modelo del neoliberalismo, y hoy apenas administra un país, cuya clase gobernante lo único que merece es una rápida expulsión del poder. (A lo mejor, como los ricos, por lo general, son cobardes, tengan la buena idea de huir a Miami).

La lucha entre China y Estados Unidos continuará, a lo mejor con “buenos modales”; Europa y Estados Unidos han abandonado a África, cediendo la hegemonía de sus países a China.

Los distintos Presidentes de Estados Unidos, (desde Monroe hasta los de nuestros días), no entienden que América Latina no pueden seguir como “su patio trasero”, y que sólo reaccione ante el peligro de la influencia del comunismo que, para la clase política norteamericana, es el demonio en persona, y que de Biden no se pueden esperar muchos cambios, a pesar de que el Presidente, durante sus años como senador y Vicepresidente de ese país, demostró un conocimiento acabado sobre la política internacional.

Advertisement

En cuanto a América Latina, mientras tengamos Presidentes corruptos, ladrones y mediocres, poco podemos exigir.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

26/01/2021

 

Advertisement
Advertisement

Síguenos:
error1
fb-share-icon0
Tweet 20

Historiador y cronista

Related Posts

  1. Germán Westphal says:

    Las diferencias entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata son en realidad de unos cuantos bemoles más y otros tantos menos en cuanto a política interna y con muchos bemoles en común en cuanto a política internacional. En los hechos, son dos versiones superficiales de una misma ideología profunda fuertemente afincada social y culturalmente en el país. La disidencia intelectual, mayoritariamente radicada en la academia, es sólo challa y serpentinas, altamente inocua y funcional al sistema. Nada realmente nuevo ni distinto pues también se da en el resto del mundo. Sólo cambian las moscas…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El Clarín de Chile · Aviso legal Privacidad Política de cookies
Danzai Software