
Me imagino que no debe ser muy habitual que alguien viva la experiencia de dos golpes de Estado en un plazo relativamente breve de su vida. Esa fue, sin embargo, mi experiencia, así como la de muchos otros chilenos, uruguayos, brasileños y bolivianos que, después de que los militares asaltaran el gobierno en sus respectivos países en las décadas de los 60 y 70, habían














