Crónicas de un país anormal

Piñera, el camaleón chileno

“Son mis principios, si les gustan, tengo otros” (Goucho Marx)

 

Si alguien se detiene a resumir, así sea sucintamente, el itinerario de Sebastián Pinera Echeñique, nada más adecuado que citar la frase de Goucho Marx.

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Es difícil saber si Piñera alguna vez ha actuado sobre la base de principios, pero sí tenemos claro que los cambia según la ocasión, y lo único que le importa es ser popular en las encuestas semanales y, además, sabe que es un “chupete de fierro”, cero empatía, y que solo  lo aman sus hijos, sus nietos y, a lo mejor, sus parientes apostados en el gobierno.

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Todos estos degenerados Presidentes-empresarios carecen de principios y lo único que les importa es el enriquecerse, aún a costa del Estado. Mauricio Macri, por ejemplo, que había hecho de la crítica al cepo cambiario, hoy lo aplica ante el peligro inminente de que se terminen las reservas del Banco Central. Estos personajes lanzados a políticos tienen un solo dios, el dinero de los otros como medio y como fin.

 

Sebastián Piñera es como el personaje de la película de Woody Allen, Zalig, el hombre-camaleón, que apareció en la tribuna  de A. Hitler, y cambiaba de imagen y palabras para agradar al público.

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En la derecha no ha podido entreverse si Piñera es democratacristiano – como su padre, don Pepe – o derechista – como la rubia teñida presidenta de la UDI, pero lo que sí es cierto que le gustan las chiquillas de Villa María, sus empleados elegidos según sus propios intereses, además de sus parientes y tecnócratas, para formar su gabinete; por otra parte, como buen narcisista, le desagrada que le compitan, le critiquen o le enmienden la plana. (En su primer gobierno le indignó cuando presidente de la UDI en ese entonces, Pablo Longueira, le dijo que su gobierno “carecía de relato”.

 

En su segundo gobierno se rodeó de ministros metepatas, dogmáticos  e inútiles, (baste citar al ex ministro de Educación, Gerardo Varela, y los conversos, el ex de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero -hoy con “premio de consuelo” como embajador en Madrid-, y el ex ministro de la Cultura, Mauricio Rojas). Su vocera, (según Carlos Larraín, “la Negra”), Cecilia Pérez, acaba de cometer desaguisados al negarse a pedir disculpas al Partido Socialista por haberlo acusado de narcotraficante.

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A Pinera le gustaría mucho que algunos democratacristianos formaran parte de su gabinete, por ejemplo, los Walker, que sólo tienen a uno de sus hermanos como ministro de Agricultura. Así podría presentar su ficha de militante, antes rechazada por el Partido.

 

Actualmente, Pinera va de derrota en derrota, y si no fuera por los votos de los democratacristianos todos sus proyectos de ley serían rechazados, desde la idea de legislar.

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Hoy libra una guerra sin cuartel contra la bella e inteligente diputada comunista, Camila Vallejo, cuyo proyecto de reducir las 45 horas de horas semanales de trabajo, cuenta con el apoyo del 75% de apoyo por parte de la ciudadanía, según la última encuesta CADEM, (propiedad de uno de los empleados de Piñera).

 

El ministro de Trabajo, Nicolás  Monckeberg, que resalta por su mediocridad, falta de raciocinio y tino, ni siquiera sabe cuánto aumentaría o bajaría la productividad con su proyecto de ley de flexibilidad laboral que, en forma camaleónica, llaman “de 41 horas semanales” para no ser menos que el de las 40  horas de Vallejo, del Partido Comunista.

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Sebastián Piñera, nuestro hombre camaleón, las emprendió en contra del proyecto de las 40 horas semanales amenazándolo, en primer lugar, con recurrir al Tribunal Constitucional, afirmando que el proyecto arrogaba gastos fiscales, materia exclusiva del Presidente de la República, (como ocurre en muchos de los proyectos de iniciativa parlamentaria; en forma secundaria siempre implica gastos fiscales, incluso, la confección de medallas y galvanos y otros).

 

El ministro del Trabajo no puede soportar que una mujer, y además comunista, lo deje en ridículo ante la Comisión del Trabajo, y como tiene neuronas “tartamudas” sobre todo cuando se enoja, expresa tonteras tales como que de aprobarse las 40 horas, la selección chilena no podría competir en el Sudamericano.

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Con respecto a los empresarios, está claro que les gusta que sus trabajadores estén a su disposición más horas y con el mismo salario.

 

En Chile hay una enorme asimetría de poder entre el amo y el esclavo. El trabajador gana apenas, en promedio, $400.000 mensuales por su labor de 45 horas semanales, 185 mensuales, mientras los ejecutivos de la empresa ganan 25 veces más que el suelo vital.

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El patrón tiene la facilidad de poder despedir al trabajador si no está satisfecho con su trabajo o reivindica aumento de salario, o también mejoras sociales en el ambiente laboral.

 

Muchas veces, los trabajadores “sacan la vuelta” a consecuencia del stress provocado por las largas horas que deben permanecer en las oficinas o en los talleres, con la mente en los hijos que ha dejado abandonados, así como sus deudas y un salario que no alcanza para cubrir el mes. El Estado gasta millones en accidentes laborales, y el tratamiento de la depresión, por ejemplo, implica  altos costos por ausencia laboral. Hay que agregar que la mayoría de los trabajadores, además de las 8 horas diarias de trabajo, gastan cuatro más en transporte desde y hacia sus hogares, en metros y buses atiborrados, donde las mujeres arriesgan, incluso, el acoso sexual.

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Con mucha razón el proyecto del gobierno de flexibilidad laboral ha sido cuestionado por la CUT, y el poder de los empresarios es tal que podrían rechazar cualquier proyecto que favoreciera al trabajador, y debido a   su doctrina individualista neoliberal los derechistas creen que el trabajador individual puede negociar en condiciones de éxito frente al patrón, dotado de superpoderes. En el fondo, les desagradan los sindicatos, pues tienen más poder de negociación que el empleado individual.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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04/09/2019          

    

           

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