El oficialismo se ha comprometido en una contradicción esencial: conocer o desconocer la realidad de la pobreza en Chile.

El ministro de salud en un ataque de sinceramiento expresa públicamente que desconocía las magnitudes del hacinamiento y pobreza existentes en las zonas populares de Santiago; luego lo desmiente la vocera de Gobierno, señalando que tienen perfecto y acabado conocimiento de la situación de pobreza y hacinamiento de los pobres en Chile.

Como ambos forman parte del mismo Gobierno, quiere decir que uno de los dos tiene la razón y el otro está equivocado. Pero como se trata de dos voces oficiales, uno queda inmediatamente descolocado y preguntándose ¿cómo se puede gobernar desde dos visiones o de dos cegueras?

Porque lo que queda en claro es que, o Máñalich se sincera y reconoce que instaló toda su estrategia epidemiológica, frente a un virus tan peligroso, desde la ignorancia social, lo que no habla nada de bien de sus capacidades, o el resto del gobierno, conociendo la realidad social de la pobreza extendida en Chile, se negaron a realizar un ataque sistémico y global en esta situación de crisis nacional, que podía ser explosiva y ruinosa, lo que habla de una irresponsabilidad casi criminal.

Los especialistas de una afamada universidad, en EE.UU. de Norteamerica, acusan al presidente Trump de ser responsable de más de 35.000 muertes, por la Pandemia, simplemente por no haber tomado las medidas adecuadas y a tiempo.

Como la vocera del Gobierno reconoce saber de la ruina económica y de hacinamiento de los pobres en Chile, entonces quiere decir que no hablaron ni coordinaron con el ministro de salud, para advertirle del peligro y lo dejaron actuando a ciegas. La vocera de gobierno es médico, así es que tampoco puede alegar ignorancia de las implicaciones de una pandemia de este tipo y ya sabía lo que había pasado en Italia y España o Irán.

Si hacemos caso a los especialistas de la universidad americana, podemos afirmar igualmente que, en Chile, el gobierno de Piñera será responsable de una proporción significativa de las muertes por esta pandemia, justamente por ignorancia u omisión, error o negacionismo de un problema que creyeron menos agresivo de lo que en verdad indicaba la realidad mostrada por otros países.

Es indudable que en el caso chileno las autoridades estaban más preocupados de regresar a una relativa normalidad económica que asegurar un tratamiento exhaustivo de la infección viral.

Todos sus actos a lo largo de tres meses hablan de una prisa por la “nueva normalidad”, sin escuchar las advertencias del Colegio Médico ni de la OMS. Ahora que ha sucedido lo que les advirtieron que podía suceder, resulta que se vuelven muy conservadores frente a la otra gran epidemia: la del hambre. Es decir la de la crisis social, que está provocando ya un tremendo desafío al Estado y a toda la sociedad.

Los pobres de siempre (que siempre fueron muchos más que las estadísticas oficiales) y los que cayeron rápidamente en la pobreza producto de esta pandemia, no pueden hacer cuarentena segura ni cuarentena viable, pues viven hacinados y viven al día, viven en estado crítico de subsistencia, por tanto si usted los encierra, se mueren de hambre; si tienen un infectado, se infectarán en manada, todos y sus vecinos también.

Entonces, siendo sinceros, la estrategia integral no se vio por ningún lado. Hace casi dos meses un científico europeo decía que para enfrentar racionalmente la pandemia, se debía usar los mínimos recursos con el máximo de rendimiento, es decir se necesitaba ser eficientes, por un lado; pero también obtener los mayores resultados; es decir ser efectivos. ¿Qué proponía este investigador?

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Que lo primero por hacer era ubicar la víctima más vulnerable al virus. Obviamente se supo desde un principio que eran los adultos mayores y los enfermos crónicos. Los demás pacientes podían superar esta enfermedad con bajo riesgo de sus vidas.

En consecuencia, se debió aislar en lugares especiales a casi toda la población más riesgosa, es decir cuarentenas muy vigiladas a los hogares de ancianos; los que pueden aislarse en sus hogares, por tener espacios suficiente, también se debieron aislar, pero con monitoreo remoto.

Los restantes miembros de la sociedad podrían circular tomando las previsiones y resguardos suficientes: mascarillas, guantes, lentes, gorros y ropa fácilmente lavable; distanciamiento en los transportes, horarios diferidos en el trabajo y distanciamiento en los puestos de trabajo o trabajo desde el hogar, los que les fuera posible. Incluso los restaurantes se podrían habilitar para trabajar con una cantidad menor de clientes pero bien resguardados. Las mascarillas demoraron mes y medio en decretar su uso universal; el transporte funcionó a plena capacidad por el mismo tiempo.

De esta forma se evitarían las cuarentenas totales, que en la mayoría de la población, como señalamos, son imposibles de mantenerlas efectivamente, por razones de espacio y por razones de ingreso. Además que una cuarentena total y prolongada trae aparejado una crisis económica enorme, asociado a enfermedades psicológicas y de convivencia familiar muy profundas.

Se han demorado dos meses en advertir que la gente iba a pasar hambre en Chile. Se dieron el lujo de actuar frente al hambre con displicencia palaciega. Creyeron que con cajitas y ollitas, con un dinerito por aquí por acá se arreglaba el problema. Total el Estado debe ser subsidiario, gritaban algunos histéricos del modelo.

En nada de esto se pensó efectivamente. Como Piñera y Máñalich aún creen en la soberbia del “gobierno de los mejores”, no atendieron los consejos de su “consejo asesor”, ni de los muy buenos epidemiólogos que existen en Chile. Se lanzaron a improvisar, a lo Lavín y los resultados están a la vista: tenemos el gobierno de los mejores improvisadores chambones del país.

Estos cerebritos de la derecha mundial tienen el mismo sesgo: autorreferentes, light, frívolos e indiferentes al drama humano de la pobreza, el sufrimiento y la muerte. Trump a la delantera, le sigue su émulo Bolsonaro con el bombo mayor y nuestro Piñera que los acompaña de atrás tocando la campanilla, en este desfile de insensatos.

¿Saber o no saber, he ahí el problema!

 

Hugo Latorre Fuenzalida.

 

 

 

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