Crónicas de un país anormal

La peste y las fiestas patrias

Para enfrentar la pandemia el único camino posible, hoy por hoy, es el confinamiento de la gente en una eterna hibernación. La tan esperada vacuna contra el virus Covid-19, entre ensayo y ensayo y prueba y prueba aún no podría ser masivamente aplicada.

La conducta de los distintos gobiernos ha sido muy disímil, y ninguna de sus procederes ha sido bien acogido por la ciudadanía: por ejemplo en Argentina, el Presidente Alberto Fernández aplicó una cuarentena muy estricta que, al comienzo fue bien recibida, pero actualmente la oposición aprovecha la asfixia de la gente, encerrada cerca de medio año, para revivir el fracasado macrismo; en Chile, se aplicó la famosa “cuarentena dinámica”, sin tener en cuenta no tiene idea dónde comienza y termina una comuna; en Colombia, con cierta apertura, aún hay cuarentena generalizada; en Estados Unidos y Brasil, con gobiernos de extrema derecha, Trump y Bolsonaro están recuperando el apoyo ciudadano, a pesar del “matadero”  al que han sometido a su pueblo.

En Chile, por primera vez la celebración de las Fiestas Patrias, (que, en verdad no conmemora la Independencia, sino la defensa del felón, Fernando VII que, aparentemente estaba preso de Napoleón, cuando la verdad era que estaba gozando de una estadía digna de rey, en un palacio del sur de Francia) no tuvo lugar este año y, además nos saltamos la Parada Militar con paso de ganso incluido, y el Tedeum en la Catedral de Santiago.

La Independencia, (si en realidad existió), debiera celebrarse en el mes de febrero, y el hecho histórico es que el padre de la Patria no es Bernardo O´Higgins, sino José de San Martín, es decir, nos liberaron los cuyanos, pues Chile era sólo una estación en el plan de San Martín que era la liberación del Virreinato del Perú y, de esta manera, terminar con la llamada Independencia de América.

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El pueblo mapuche, con mucha inteligencia, no sólo no celebró la mal llamada independencia de Chile, sino que se alió a los españoles, con los cuales había tenido reiterados parlamentos que llevaron al reconocimiento por parte del rey de España del Walmapu, que se extendía desde Bío Bío hasta el extremo sur de Chile. Los que se hacían llamar patriotas chilenos sólo usaron el relato mítico de la epopeya La Araucana, de Alonso de Ercilla, mientras abusaban de los mapuches.

La liga patriótica a la cual pertenecieron San Martín y O´Higgins llevaba el nombre de Lautaro, gran guerrero, incluso conocido en Europa, que venció al conquistador Pedro de Valdivia, cuyo corazón, (según la leyenda, fue comido por los mapuches).

Cuenta la historia que Valdivia, por falta de una, tenía dos mujeres: en España, doña Marina Ortiz de Gaete, y en Chile, Inés de Suárez; doña Marina reclamó al rey que le devolviera a su marido, quien se vio obligado a ceder, entregando a doña Inés de Suárez a su segundo en el mando. Santiago era sólo una estación en el camino hacia el sur, pero a poco andar, en ausencia de Valdivia, el cacique Michimalonco incendió Santiago por los cuatro costados, justamente un 11 de septiembre, (incluso, Augusto Pinochet quería convencer a los mapuches que era una reencarnación de su héroe, Michimalonco.

Los llamados “héroes de la Independencia” pertenecían a la oligarquía criolla y se habían educado en Europa: José Miguel Carrera luchó contra Napoleón y, además, perteneció a los húsares de Galicia; O´Higgins se educó en Inglaterra, con una beca de su padre, (el irlandés don Ambrosio O´Higgins, que nunca reconoció a su “hijo natural”), luego fue gobernador de Chile y, por último, virrey del Perú.

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El historiador Luis Thayer Ojeda sostiene que no se puede llamar “naciones nuevas” a las latinoamericanas, pues “no son otra cosa que españolas trasplantados en América”; por lo demás, heredamos el autoritarismo, el orden precario y, sobre todo, el militarismo, los peores defectos del país peninsular. (No en vano Pinochet intentó emular al dictador Francisco Franco, incluso en aquello de “dejar todo atado y bien atado antes de morir…”.

La Constitución de 1980, cuyo autor intelectual y redactor fue el fundador de la UDI, Jaime Guzmán Errázuriz, fue la herencia autoritaria y militarista de la dictadura, muy útil en la práctica para que en Chile no ocurriera lo acaecido en España, en el sentido de que la transición en el país ibérico quedó libre de trazas del supuesto “legado” del tirano Franco, salvo que, en ese país los hechores de crímenes de lesa humanidad quedaron impunes.

En plena pandemia actual, que tiene altos y bajos, (“según los informes cotidianos fidelignos” de los ministros de Salud, ´ el anterior, Mañalich, y del actual, Paris, y de sus dos subsecretarios), en octubre los chilenos tendrán que votar en un plebiscito, acordado por los partidos políticos, entre mantener el esperpento de reforma de la Constitución firmada por el Presidente Ricardo Lagos y sus ministros, o bien, la redacción de una nueva Carta Magna que partiría de una hoja en blanco.

A diferencia de la tradición heredada de España, con respecto a los cabildos, la nueva Constitución no sería redactada por los representantes de la ciudadanía, sino por “resucitados” de la vieja casta en el poder, pues el Acuerdo, llamado de Paz y Constitución, firmado por los partidos políticos, da muy poco espacio a las organizaciones sociales que surgen en las comunas, provincias y regiones del país, tal como lo anticipara don Luis Emilio Recabarren, cuando redactó su proyecto de Constitución, en 1912.

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Recabarren, en su conferencia Ricos y pobres, en la ciudad de Rengo, en 1910, decía que “los pobres no tienen nada que celebrar el 18 de septiembre”.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

21/09/2020

 

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