Crónicas de un país anormal

No hay vacuna contra la tontera

Hace poco menos de un año los científicos decían que para salir del insidioso virus la única solución era la creación de una vacuna que inmunizara a la población. En este lapso hemos pasado del encierro al paseo cotidiano. Los viejos han muerto por centenas, y envían sus cadáveres a un hoyo, (cuando los gobiernos han previsto la situación y, preparado un “camposanto”), y ya nadie los despide, ni siquiera sus deudos   hacen apologías sobre los supuestos méritos del occiso.

Ya estábamos acostumbrándonos a que la Covid-19 nos acompañaría durante nuestra existencia: sería tan común como nacer, crecer y morir. El virus eliminaba a los viejos y, de paso, acortaba la esperanza de vida que, según los organismos estatales, ya estaba alcanzado los 100 años, (no importa mucho, pues Abraham, según la biblia, vivió 500 años, pero tenía una ventaja de que el fundador de tres religiones no exigía jubilación).

Cuando se temía que la vacuna con el presente virus podría durar cinco o más años de ensayos y ser utilizada, (como casi todas las anteriores contra otras enfermedades), pasando desde las ratas y los monos, luego a los humanos, ¡oh milagro! comenzaron a aparecer vacunas adscritas a laboratorios de distintas nacionalidades que competían entre ellas. Y como siempre ocurre en la vida, “Juan Segura” vivió muchos años, y los países más rápidos y audaces las compraron con mucha anticipación, como es el caso de Estados Unidos, Canadá y Chile, y otros países, mientras los gobernantes de países más pobres y menos precavidos quedaron a la zaga, a la espera del año 2022, cuando ha hayan pasado varias plagas más con sus respectivas mutaciones y hayan llevado a su paso varias vidas.

Durante estos días, el pasatiempo de los que aún no mueren es el de comparar cuáles de las vacunas ofrecidas sería la de mayor eficacia en el tiempo; las primeras, las norteamericanas Pfeizer y Moderna que, para conservarse, exigía más de – 70º grados, (temperaturas que no se dan ni en la Antártida), un lujo para países millonarios, pero que el gran organizador, Sebastián Piñera, se adelantó para adquirirlas, así fueran unas pocas dosis; las segundas las de Oxford Seneca, en un comienzo fracasó, (así muy prestigiosa que fuera la universidad); las terceras corresponden a las chinas y rusas, que son más baratas, menos probadas y se administran al “rasqueío “, como nosotros, los primeros viejos en vacunarse, (a lo mejor nos permitan llevar las palmas de las mejores vacunas). A los argentinos les correspondió la rusa, Sputnik V, (ojalá los muy fanáticos no crean que sea un veneno para el exterminio de opositores).

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Durante siglos los hombres y mujeres hemos sido engañados, por consiguiente, es muy lógico que el 50% de los encuestados tengan ciertos reparos con respecto a las vacunas – algo similar como los ateos respecto de Dios: tenían que verlo para creer, o, como el mago Simón, lanzarse desde la cima de una montaña y salir ileso -. Entre los incrédulos no faltan los tontos que aún creen que el planeta tierra es plano y que el sol gira alrededor de la tierra, como también que las vacunas sólo sirven para expandir el virus, y que la autoridad presidencial es imprescindible para que una sociedad funcione.

Afortunadamente, para no aburrirnos en los encierros se crearon los “matinales ad hoc”, en que compiten médicos simpáticos y entendidos en la materia, (entre ellos, el doctor Sebastián Ugarte, hijo del gran actor de radioteatro, Justo Ugarte, el héroe de muchos niños chilenos de la época), así como políticos payasos, a quienes se les está acabando el libreto, y a senadores y diputados, pagados por los ciudadanos con gruesas sumas de dinero para que legislen, en vez de pasar las mañanas en la televisión  y decir mil tonterías.

La actual “revolución” se caracteriza por el dominio de las comunicaciones de masas: antes de que a Dios lo mataran los hombres, (Nietzsche), los cristianos seguían la biblia, que contenía la palabra del Ser Supremo, (según los católicos, la interpretan los teólogos, los canutos, libremente). Anteriormente creíamos en los periódicos, (a punto de desaparecer como papel), ahora los reemplazan las redes sociales, (Twitter, Facebook…). Basta que las empresas californianas borren de su clientela a una persona para cerrarle la comunicación con el mundo, (el otrora todopoderoso, Donald Trump fue expulsado de las redes sociales y, ahora, sólo subsiste en sus canchas de golf).

Como las vacunas nunca podrán eliminar el virus de la política, como tampoco el poder que acarrea, sin tener otra entretención los partidos y sus dirigentes se han dedicado a la convocatoria a primarias en que, ni siquiera, votan sus militantes. A los candidatos a Presidente de la nación no los conoce nadie, y parecen tan mediocres como sus predecesores en la política. (Michelle Bachelet, desde Paula Ginebra, nomina los precandidatos del PS y del PPD, Paula Narváez y Heraldo Muñoz, respectivamente). La Democracia Cristiana, que ya ha perdido a muchos de los militantes, ganó con facilidad la candidata Ximena Rincón.

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La inoculación de la vacuna contra el Covid-19 puede inmunizarnos contra el virus, pero no contra la desubicación, y los políticos seguirán siendo los reyes que no entienden en absoluto lo que ocurre en la realidad.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

01/02/2021

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Historiador y cronista

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