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En política, el olvido es breve

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“Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” escribió Pablo Neruda en su hermoso Poema 20, y, por cierto, cualquiera que alguna vez haya sufrido penas de amor dará testimonio de que efectivamente es así. En el más prosaico mundo de la política, en cambio, parece ser que es todo lo contrario: el olvido camina a velocidad vertiginosa. Claro está, aquellos que quieren que la memoria perdure harán grandes esfuerzos para que el olvido no borre aquellos hechos que son importantes de recordar, porque ellos nos pueden dar una enseñanza para el futuro. Pero los defensores de la memoria tienen una difícil tarea.

Para reforzar esta percepción hay una frase que circula a menudo: “los chilenos tienen mala memoria”. Los que conozcan más de la historia recordarán algunas cosas un tanto paradojales: Carlos Ibáñez mediante astutas movidas logra convertirse en dictador en 1927, pero las protestas estudiantiles y laborales lo tumban en 1931. En un poco más de veinte años, reciclado como el “General de la Esperanza” obtiene la presidencia con el mayor porcentaje de apoyo hasta ese momento (sólo superado en 1964 por Eduardo Frei Montalva). Ibáñez gobernó con una singular coalición que en algún momento incluyó a socialistas como Clodomiro Almeyda y Felipe Herrera, hasta nacionalistas de la extrema derecha como Jorge Prat.

Trasladándonos ahora a tiempos más recientes, estas reflexiones surgen a propósito de la inauguración del monumento al ex presidente Patricio Aylwin, hecho que ha tenido más repercusiones que las habituales para un evento de este tipo. Ciertamente, empezando por el autor de esta nota, muchos ni siquiera estábamos al tanto que hace algún tiempo se había aprobado una ley para efecto de erigirle una estatua al que fuera el primer presidente elegido después del término oficial de la dictadura. En este sentido es bueno aclarar que, si bien el monumento quedó finalizado y por lo tanto listo para ser inaugurado durante la administración de Gabriel Boric, la idea de erigirlo no nació del actual gobierno.

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Dicho lo anterior, sin embargo, me atrevo a decir que muchos pensamos que el error ha sido darle demasiada trascendencia a la inauguración de la estatua. El presidente podía haber asistido como invitado, dada su investidura. Pero ¿era necesario que hablara, y aun más, que dijera lo que dijo tratando de darle una nueva interpretación a la famosa expresión de “la medida de lo posible”?

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En el mejor de los casos uno podría decir que Aylwin fue “una figura controvertida”, en el peor (excluyendo expresiones que no sería de buena educación repetir aquí) “un golpista y un oportunista”.

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Para no dejar de lado el contexto, habrá que empezar por recordar que Aylwin era un demócrata cristiano, con todo lo que significa pertenecer a un partido de centro que—como todos en esa posición en el espectro político—marcan su accionar con constantes bandazos a izquierda y derecha. De algún modo, ese accionar nos parece indicar que al fin de cuentas—contrariamente a lo que mucha gente cree—el centro parece ser algo “contra natura” en un contexto en el que se demandan políticas definidas, esto es, con mayores o menores matices de izquierda o derecha.  Los políticos centristas entonces, se ven obligados a adoptar políticas más cercanas a uno u otro lado del espectro, muchas veces dando saltos entre ambas puntas. Históricamente uno puede encontrar hasta interesantes paradojas de ese accionar centrista. La Democracia Cristiana alemana—con la cual la DC chilena ha mantenido siempre importantes contactos—provee un ilustrativo ejemplo de esos bandazos a que aludía. Su antecesor, el Partido Católico de Centro, con una pequeña representación en el parlamento alemán en 1933, fue una de las agrupaciones menores que votaron a favor de Hitler como futuro canciller del Reich. Irónicamente, al término de la guerra, fue el entonces rebautizado como Partido Demócrata Cristiano, bajo la conducción de Konrad Adenauer, el que tendría la misión de desnazificar la Alemania Federal.

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De un modo parecido, Patricio Aylwin que en 1973 había tomado la dirección del PDC para entrar de lleno en una alianza con la derecha y promover la intervención militar, dieciséis años más tarde se posiciona en el rol de abanderado de las fuerzas democráticas.

Como otra característica de los partidos centristas es la existencia de sectores conservadores y progresistas en su interior, la DC vivió en momentos críticos, fuertes tensiones internas, y Aylwin demostró allí, por un lado, que él se ubicaba claramente en la derecha de su partido y por otro, que navegaría con singular habilidad esos períodos sacando beneficios tanto para su alineamiento político como para él en lo personal. En primera instancia, cuando en 1973 desplazó a la directiva de Renán Fuentealba y su sector llamado Tercerista, que, si bien hacían oposición a Allende, no excluían la posibilidad de un acuerdo con el entonces gobierno de la UP y en todo caso, no propiciaban una alianza con la derecha. En segunda instancia, a finales de la dictadura, cuando desplaza a Gabriel Valdés, figura que sí se había jugado contra el régimen militar y que era favorecido por gran parte de las bases demócrata cristianas, pero que al parecer no era de la confianza de Estados Unidos, para instalarse él como el candidato de unidad de las fuerzas antidictatoriales. De allí pasó a la historia como el primer presidente elegido en la recién recuperada democracia (entonces una democracia a medias, también en “la medida de lo posible”) y ahora, inmortalizado en el bronce.

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Este paso de Aylwin al pedestal ha sido también un récord en términos del tiempo entre que muere y se le levanta una estatua: poco más de seis años, mucho menos tiempo que el que tomó ese mismo reconocimiento para Eduardo Frei Montalva, Jorge Alessandri o Salvador Allende, los otros mandatarios recientes que están presentes en monumentos en los alrededores del palacio de gobierno.  Aunque en estas materias de honores dispensados hay opiniones para todos los gustos, como seguidor de la cultura popular no puedo dejar de sonreír ante el imaginativo texto de un meme que circula en las redes sociales: “la estatua de Aylwin es móvil, se puede poner donde más caliente el sol…”

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Entretanto, ¿qué decir de los dichos del presidente Boric en la inauguración del monumento? Comparto la opinión de quienes piensan que mejor él no hubiera hablado ese día: su posición era muy incómoda ya que sus críticas al período concertacionista eran bien conocidas, y obviamente no hubiera sido muy diplomático ni de buen gusto haberlas reiterado en una ceremonia destinada a homenajear al ex mandatario.  Sin embargo, el presidente optó por hablar, y en los hechos su intervención fue una reivindicación de la Concertación, la coalición que gobernó con Aylwin, contradiciendo sus anteriores expresiones críticas.

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No es la primera vez que el presidente sorprende a muchos—empezando por sus propios partidarios—con algunas de sus intervenciones. Por cierto, esto de “la medida de lo posible” puede interpretarse de muchas maneras y Boric ha intentado darle un rasgo más positivo y práctico al controvertido dicho. Sin embargo, ello no significa que lo haya logrado y el riesgo que ha corrido puede penarle más tarde: para muchos sus dichos han sido un intento por reconciliarse con un período de la historia reciente de Chile—la Concertación y la política de los acuerdos con la derecha y los poderes fácticos—que en gran medida, en especial en las nuevas generaciones, tiene una mala imagen, no porque hasta cierto punto no haya habido buena intención de forzar cambios por parte de algunos de quienes tuvieron responsabilidades de conducción en ese instante, sino porque también está muy claro que en muchos casos quienes ocuparon cargos de gobierno entonces, fuera con Aylwin o con las administraciones posteriores, gestionaron el país dentro de los parámetros del neoliberalismo, y en no pocas veces, actuaron para su lucro personal.

Ahora bien, ciertamente en política lo “posible” es lo factible cuando hay una fuerza detrás respaldando las propuestas que uno hace, y, obviamente, sin ese apoyo del pueblo esas propuestas quedan sólo en buenas intenciones. Sin embargo, ese “mundo de lo posible” es un constructo dinámico, que se va haciendo mientras se avanza en la toma de conciencia de que las posibilidades son siempre muy amplias, infinitas podría decirse. (Norman Henchey, un notable profesor que tuve en la Universidad McGill, en una ocasión nos puso como tema de discusión en clase que listáramos aquello que nosotros pensáramos que era imposible que ocurriera. Después de un arduo examen de todas las “imposibilidades” concluimos que lógicamente “nada es imposible». Y después de todo los estudiantes del Mayo Francés de 1968 tenían razón cuando escribieron: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.)

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Aclaraciones semánticas más o menos, el presidente Boric—a quien le deseamos que le vaya bien—tendrá que ser muy claro en sus dichos e intenciones, quizás aquí sea importante citar al genial Woody Allen: “no sé cuál es la clave del éxito, pero sí cuál es la clave del fracaso: tratar de satisfacer a todos”.

 

Por Sergio Martínez

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Desde Montreal, Canadá

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  1. Serafín Rodríguez says:

    La cuestión de fondo no es ninguna mala memoria sino que la memoria altamente selectiva de la ciudadanía neoliberal.

    Babieca: «Qué filosófico estáis!»
    Rocinante: «Es que no como…»

  2. Boric ha adoptado ,entonces, como concreto el añadir la frase :»en la medida de lo posible», en su plan de gobierno? Que el holocausto final, nos pille confesados!

  3. Patricio Serendero says:

    Boric dice una cosa y su contrario con un desparpajo que espanta. Porque hay que tener cara para ir a pedir consejo a Lagos o concordar con Alwin ahora. Para mantener el Estado de Excepción en Araucanía o decidido a firmar el TTP11. Para negarse hasta ahora a saldar las cuentas con El Clarín. Para abrazar a Cumsille o mantener al Director de Carabineros apenas asumió la Presidencia. Para publicamente presentar sumisión a Biden. Todo lo cual demuestra que no tiene principios. Y una persona sin principios no vale nada.

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