Nacional Opinión Trabajo

Candia versus Colegio de Profesores

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Casualmente recibo la noticia de que mi despido del Colegio de Profesores se trató en la Asamblea Nacional del Gremio que se lleva a cabo en estos días. Hay un video de la Asamblea  en el que por boca de sus principales dirigentes queda claro que mi despido fue un abuso, una injusticia, una irresponsabilidad y una inmoral manera de venganza por parte del expresidente gremial, Mario Aguilar.

Me cuentan que este sujeto intentó hablar a continuación del informe del presidente Díaz, recibiendo el rechazo de toda la Asamblea.

En buena hora.

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Mario Aguilar es una vergüenza para los profesores de Chile. El gremio docente es la organización que tiene como propósito defender los derechos de los educadores en tanto trabajadores y la educación pública como ejercicio democrático, además de propender a un orden basado en los derechos sociales, culturales y económicos de los trabajadores.

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Para sustentar ese ideario no basta solo con hablar, sino que es imperioso sostener una conducta consecuente e irreprochablemente ética.

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Se requieren dirigentes que de verdad se propongan como servidores de sus colegas, que entiendan sus cargos como esencialmente transitorios y que se deban a sus representados.

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No es el caso de Aguilar quien busca solo servirse de sus cargos para fines personales, cuando no partidistas, y de paso tratar con desprecio y prepotencia a quienes no piensan como él o tienen la mala suerte de ser gentes humildes y/o trabajar en su entorno.

No fueron pocas las veces en que fuimos testigos de sus conductas propias de un patrón de fundo sobre todo contra mujeres, humildes funcionarias del Colegio.

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Hizo bien la Asamblea Nacional de los profesores en develar extensamente los sucesos que culminaron con un arreglo pecuniario en mi favor y que estuvo muy por debajo de lo que pudo haberse desprendido el Colegio de haber prosperado el juicio.

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Hay, sin embargo, una omisión que debo señalar.

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Se trata del rol de la señora Leticia García, hasta ahora inexplicablemente Administradora General del Gremio.

Fue ella quien me notifica el despido y quien avaló el artículo 161 del Código del Trabajo, desvinculación por necesidades de la empresa, con el que justificó falsamente mi exoneración y quien firmó mi finiquito con inexcusable falta de prolijidad al no darse cuenta de que el Colegio me debía 19 meses del pago del Seguro de Cesantía, detalle que aumentaba la deuda posible del Colegio en más de dos millones de pesos por cada mes que pasaba, si se considera la Ley Bustos.

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Llama la atención también que los abogados que entregan el informe leído por el presidente Díaz, sean los mismos que redactaron mi despido y que si entonces demostraron una increíble impericia profesional, ahora muestran una notoria falta de diligencia lo que redundó en la inexplicable demora para llegar a un acuerdo lo que debilitó aún más la posición del Gremio.

Peor aún, se negaron siempre a negociar sobre bases serias lo que los hace responsables solidarios de la suma de errores cometidos y del dinero pagado.

Debo señalar que en la cuenta del presidente Díaz, es comprensible que así haya sido, no se hace mención en un hecho importante: envié dos cartas al Directorio Nacional en las cuales advierto del riesgo que se avecina para el Colegio con el paso del tiempo, aseguro que no es mi intención afectar el patrimonio del Gremio, pido llegar a un acuerdo prontamente y que solo quiero justicia.

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En esas misivas advierto que el único responsable del daño que se producirá al Colegio es Aguilar. Y la actual Asamblea me ha dado la razón.

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Como dije al Directorio Nacional, jamás ha sido mi intención afectar al Colegio en su patrimonio ni en nada.

Durante dieciocho años trabajé eficiente y lealmente para el Gremio docente sin que jamás en ese lapso haya tenido alguna recriminación o regaño por mi desempeño. En un par de oportunidades Aguilar hizo algún reclamo en el Directorio Nacional en contra de mi desempeño como Jefe de Operaciones, pero jamás tuvo el coraje de citarme a esa instancia y pedirme explicaciones, que era lo que correspondía.

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Fui despedido en plena pandemia, a días de la Navidad, a una edad en la que es muy difícil encontrar trabajo y con una bebita de cuatro años. Al hacerle ver esto a la señora Leticia García, inexplicablemente aún en la Administración General del Colegio, reconoció que me echaban por razones políticas. El colmo de la falta de decoro y mayúscula desvergüenza.

Por el respeto, conocimiento y cariño que tengo por el Colegio de Profesores, me atrevo a decir que el Gremio debe generar las condiciones para impedir que alguna vez sujetos como Aguilar puedan acceder a cargos dirigentes.

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El estado actual de la educación y las condiciones en las que laboran los docentes, requiere de mujeres y hombres con altos valores morales, de una honestidad a toda prueba, que accedan a dirigir el gremio como un servicio para sus colegas y no para sus propios intereses y que jamás puedan utilizar sus cargos para castigar a trabajadores, ni para aumentar sus patrimonios, o para sentirse poderosos e impunes.

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Ojalá que en esto también haya un Nunca Más.

 

Por Ricardo Candia Cares

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