Crónicas de un país anormal

¡Y también llegó a Colombia…!

Ayer, 21 de noviembre, el Paro Nacional se extendió por las principales ciudades de Colombia: en Bogotá la muchedumbre llenó La Plaza de Bolívar; en Cali la manifestación adquirió un carácter de cuasi combate debido a la agresividad represiva por parte de la policía; en Popayán, (una de las zonas de la persecución y muerte en contra los movimientos indígenas), una inmensa mayoría del pueblo salió a la calle para protestar; en Medellín y en las demás ciudades del Departamento de Antioquia, las marchas fueron multitudinarias; en la Costa Norte del país, otro tanto.

 

El Presidente de Colombia, Iván Duque, está catalogado como el más tonto y servil de los Presidentes de América Latina, y es tan impopular en ese país como Sebastián Piñera lo es en Chile. Duque no es más que un títere del paramilitar, asesino y cobarde, Álvaro Uribe Vélez.

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Desde que Iván Duque asumió el mando de la nación ha sido culpable – directo o indirecto – del asesinato de 250 defensores de los derechos humanos, 80 dirigentes indígenas, además de un número indeterminado de campesinos, (su última “hazaña” fue la masacre de ocho niños, en el Valle del Cauca, hecho que le costó el puesto al ministro de Defensa).

 

Chile, Colombia y Perú tienen un crecimiento del PIB más o menos similar, y en el caso del país cafetero es de 3,3%. En el neoliberalismo, mientras más crece el país, más se empobrece la población: la clase media colombiana, al igual que la chilena, había logrado salir de la pobreza, pero existía el riesgo de que cualquier acontecimiento catastrófico e inesperado revirtiese esa condición y la clase media engrosara el “el baile de los que sobran”.

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El costo de la vida en estos tres países de América Latina ha crecido en forma desproporcionada: vivir en Las Condes, en Chile, por ejemplo, o en El Chicó, en Bogotá, cuesta tan caro y aún más que en el centro de Madrid o Barcelona, en España, pero los salarios básicos de Chile y de Colombia son inferiores en cinco veces a los de cualquier país europeo.

 

Una de las consecuencias nefastas del neoliberalismo es la segregación en las grandes ciudades: en Bogotá, los pobres viven en Ciudad Bolívar…, y en Chile, en los barrios marginales de la zona sur, y en ambos casos no existe el Estado, menos el aparato represivo – la policía – es el mundo de los narcotraficantes, y el destino de los niños que tuvieron la mala suerte de nacer en estos antros de delincuentes es el patear piedras y/o convertirse en soldados de los narcotraficantes.

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Los analistas políticos y sociales durante estos días han planteado docenas de hipótesis a fin de explicarse el quid de los movimientos rebeldes latinoamericanos:

 

para unos, se agotó la democracia representativa, y habría que volver a formas de democracia directa, (incluso, aparece la teoría de los antiguos griegos que consistía en sortear los cargos, camino que tanto desesperaba al filósofo Platón, quien proponía el gobierno integrado por los sabios filósofos, dejando a los comerciantes como unos abusadores e ignorantes);

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para otros, las asonadas corresponden a una planificada y genial estrategia del Grupo de Puebla, o bien, a “la intromisión” de Rusia y China, y de “los geniales cerebros” de Maduro, Díaz-Canel y Ortega, (pero hay que ser muy corto de neuronas para creer en semejante estupidez);

 

para unos terceros, un poco más cultos, la rebelión tiene como causa la creciente influencia del gobierno de Donald Trump en competencia con sus rivales del complejo tecnócrata militar, es decir, del Pentágono y de la C.I.A., hoy en guerra declarada contra Trump, (bueno para negociar en inmobiliaria, pero pésimo para la compra-venta de armas,  lo que significa que la guerra no es su campo, <a diferencia de Barack Obama, Trump no congenia con el dios Marte, y sí con Mercurio, el dios de los ladrones y comerciantes>). Estados Unidos ha renunciado a mantener su hegemonía en el Medio Oriente, tarea que legó a los sionistas y a los saudíes, y como ya no tiene nada que hacer en esa región, el negocio de las armas está cambiando de lugar geográfico: hacia América Latina, por consiguiente, una guerra civil en Bolivia, por ejemplo, sería una buena idea, ya que en Venezuela parece haber fracasado.

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Las marchas de ayer, en las distintas ciudades colombianas, no sólo se caracterizaron por su masividad, entusiasmo y colorido, sino también por la muy buena organización: por televisión veíamos a jóvenes estudiantes, con chalecos rojos, que aislaban a los enmascarados y lanza-piedras, con el objetivo de proteger a la ciudadanía que marchaba en paz y en familia. El “caceroleo” se expandió por todos los barrios de Bogotá, (incluso, por sectores conspicuos, como Teusaquillo, Chapinero y vecinos, y de clase media, como en Las Aguas y aledaños, incluso, llegó a La Candelaria, y en las afueras de Bogotá, por ejemplo, en Madrid y Facatativá…)

 

La anti-política siempre ha favorecido a los dictadores, entre ellos Pinochet, y los imbéciles que se autodenominan de izquierda que la predican, se convierten en aliados objetivos del fascismo, y su maximalismo irresponsable e inmoral sólo conduce al predominio del sable sobre el “gorro frigio”, pues la ultraizquierda siempre ha sido aliada de la ultraderecha.

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Todo movimiento social tiene que terminar canalizado políticamente, incluso, los analistas españoles, de corto reino en Barcelona y Zaragoza, aunque postulaba la acracia, tuvieron que reglamentar la vida diaria, a fin de que no se aprovecharan perniciosamente de la libertad; (cuenta un ex combatiente que cuando se implantó el amor libre en Barcelona, las madres de las chicas bellas y jóvenes reclamaban porque los milicianos las abandonaban después de haber disfrutado a costa de ellas; se estableció entones que el jefe de la brigada amenazara, en forma muy cordial al marido para que se portara bien, pero como no podía reprimirlo, le iba a dar un buen coscorrón si abandonaba a su señora).

 

Los anarquistas españoles eras personas muy sanas: no fumaban, no bebían y sólo se permitían el bailar apretado, pero ocurría que algunos de los campesinos aragoneses no podían dejar el vicio etílico y del tabaco, en este caso, había que reeducar al sujeto, pero no siempre resultaba, pues estos vicios, como enfermedad, se hace muy difícil de erradicar.

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La ola por la dignidad parece no detenerse.

 

 

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Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

22/11/2019                              

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  1. Diego Barahona says:

    De dulce y de grasa, de otra manera es cagar con ventilador para que la mierda se esparza. digo yo ¿no? fiel al estilo de Don Nepo. En palabras mas de nosotros los patipelados del barrio Franklin, disparar de chincol ajote

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