Crónicas de un país anormal

La Fuerza revolucionaria  de la no-violencia activa

Ha pasado un año desde el inicio de las manifestaciones populares a partir del 18 de octubre de 2019. Entre medio, hemos vivido una pandemia, tiempo en el cual, hasta hoy, el inepto Presidente, Sebastián Piñera, nada ha aprendido. Agustín Squella, en el programa de televisión, “Tolerancia 0”, citaba la definición de  Karl Popper sobre democracia, como “el cambio de un Presidente inepto por otro tan o más inepto”.

El 5 de octubre de 1988, día del plebiscito, solamente conquistamos una democracia con dos apellidos: “protegida y bancaria”. Con la elección de Patricio Aylwin como Presidente de la República, se empezó a utilizar el vocablo “gente”, para obviar el más cruel de consumidor o de cliente. Es cierto que se conquistó el derecho a votar libremente para elegir a los empresarios, dueños de Chile que, previamente habían escogido.

A los acontecimientos acaecidos a partir de octubre de 2019 se les llama de varias maneras: estallido, rebelión, insurrección, asonada…, pero la verdad, una sola palabra resumiría el sentido profundo del cambio que provocó: se pasó de “gente” a tratar a los ciudadanos como “pueblo”, capaz de rechazar el trato humillante que se le daba, y pasar de ser invisible, (como diría mi nieta Beatrice), a tener que ser considerado, así fuera por miedo.

La violencia sólo ha sido partera de dictadores y tiranos: nunca logró ayudar a la construcción de una sociedad democrática, y el que mejor la emplea es el Estado, que posee el monopolio de la fuerza, (el terrorismo de estado no tiene parangón con el individual), y la derecha ha hecho siempre apología de la violencia. (El centro del fascismo, de Mussolini, el de romper las cabezas de quienes pensaban distinto).

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La manifestación para conmemorar el primer aniversario del 18-0 sólo puede ser comparada en masividad con la del 25-0 de 2019, con la diferencia de que ahora había que luchar contra el miedo al contagio del Covid-19.

  1. Dostoiesvki, en su novela Los endemoniados, describe a un grupo de conspiradores violentos, que se basaban en la moral revolucionaria Serguei Necháyef. (Esta novela inspiró una obra de teatro, adaptada por el escritor Albert Camus).

Los manifestantes violentos han actuado casi siempre como los endemoniados: ayer, en plena Plaza de La Dignidad, sin carabineros de por medio, se enfrentaron las barras bravas de Colo Colo y de U. de Chile, que fue el preámbulo para que, más tarde, se provocara el incendio de dos iglesias históricas, incluso, algunos imbéciles se atrevieron a aplaudir “la hazaña”.

En mayo de 1931, ni siquiera podría justificarse la quema de iglesias y bibliotecas católicas, a pesar de que los curas españoles eran reaccionarios y abusivos, (en ese país, había existido la inquisición hasta el reinado del rey felón, Fernando VII), por lo demás, la España única y católica era la inspiración de José Antonio Primo de Rivera, (quien hablaba de los puños y de las pistolas). En esa época, el Primer Ministro, Manuel Azaña, dijo: “España ha dejado de ser católica”.

Es cierto que la violencia que el capitalismo neoliberal ejerce sobre los pobres es moralmente insoportable, (según el Papa actual, “un pecado mortal”), y las personas que viven bajo las condiciones de miseria, incluso, subhumana, tienen todo el derecho a rebelarse, y nadie les puede exigir que respeten reglas de conducta, propias de personas civilizadas, que se encargan de formular Constituciones y Leyes a su servicio.

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Este año ha servido para que el Dr. Jaime Mañalich haya descubierto que en Chile existe una gran parte del pueblo que vive en condiciones de hacinamiento, con más de 12 personas en piezas de 20 metros.

Este paréntesis por la pandemia también sirvió para que ayer el Presidente Piñera no repitiera el discurso provocativo declarando la guerra al pueblo chileno, y en su lugar, hablaron el Ministro Víctor Pérez Varela y el general director de carabineros, Mario Rozas, (el primero está a la espera de la acusación constitucional y, el segundo, la entrega su renuncia al cargo).

Gran parte de la clase política es despreciada por los manifestantes, que son muy astutos para no asomarse a las marchas, como también para tomar el mando cuando sea necesario. Sin política y políticos no puede haber democracia, y que los representantes del pueblo sean mediocres no hace que la política no sea necesaria, y bastaría con reemplazarlos.

El espontaneisemo luxenburguista de masas puede ser muy atractivo, y su crítica al burocratismo bolchevique muy rica, sin embargo, el movimiento de desobediencia civil implica la necesidad de conducción y dirección política. Como decía Max Weber, “el político tiene que pactar con el diablo…”. El gran problema de los partidos jóvenes, entre ellos los de los líderes del Frente Amplio, es la creencia de que la política es un asunto de ángeles, o bien, de buenos padres de familia, pero lo que está de por medio es el poder que, normalmente, es demoníaco.

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Así la violencia esté justificada en el caso de una dictadura, (Santo Tomás de Aquino), a mi modo de ver, es mucho más eficiente la desobediencia civil y la no-violencia activa que, en el caso de las manifestaciones de octubre a marzo, demostraron una convocatoria muy superior a los grupúsculos que se atribuyen la vanguardia.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

19/10/2020

 

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