Economía

La deuda externa chilena y la devaluación del peso: un problema en ciernes

La deuda externa del país, es decir, la deuda que mantienen agentes económicos nacionales- públicos y privados – con agentes económicos radicados en el exterior, ascendía a fines del 2019 a la suma de 197 mil millones de dólares. No es una cantidad pequeña, pues equivale, aproximadamente, al 72 % del PIB nacional.

Esta deuda está compuesta por deuda del sector gobierno general -que no hay que confundirlo con el sector público, que es un concepto diferente – que asciende a 28 mil millones de dólares; por deuda de los bancos, que alcanza a los 30 mil millones de dólares; y por deuda de empresas no financieras que llegaba a los 77 mil millones de dólares, para citar solo a los principales deudores. De estas sencillas cifras se desprende claramente que el gran deudor con el extranjero no es el Gobierno – que tiene una deuda relativamente moderada – sino que los más endeudados son las empresas no financieras, seguidas de los bancos.

Esas cifras son importantes de tener en cuenta en la medida que la tasa de cambio ha venido creciendo en forma sostenida a lo largo de los últimos meses, alcanzando ya una tasa superior a los 800 pesos por dólar. En la medida que la tasa de cambio crece, los sectores endeudados – en la medida que produzcan para el mercado interno y tengan ingresos y ganancias en pesos – tendrán que destinar una parte mayor de sus ingresos para el pago de los intereses y el capital de la deuda externa que arrastran. En otras palabras, la devaluación del peso no es nada simpática a los ojos de la banca y de las empresas no financieras.

Los sectores exportadores, en cambio – fruteros, madereros, empresas mineras – se benefician con el incremento del precio del dólar, puesto que eso implica, para su contabilidad, que por cada dólar que reciben a cambio de los productos que exportan, ahora recibirán, en el mercado interno, una cantidad de pesos mayor.

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Resulta tentador – pero desgraciadamente simplista – en base a estas cifras, pensar que hay sectores, dentro del alto empresariado nacional, que se benefician y otros, distintos, que se perjudican con la deuda externa y la devaluación del peso, y que eso podría dar lugar a algún grado de enfrentamiento o de tensión entre ellos. Pero esa impresión se relativiza en la medida en que los mismos sectores exportadores, que figuran como ganadores, o sus familiares directos o sus testaferros, están presentes, como dueños o como grandes accionistas, en las empresas no financieras y/o en la banca, que se perjudica con esos fenómenos económicos ya mencionados. Eso generaría, de ser así, una suerte de compensación intersectorial por la vía de los vínculos familiares o accionarios, con lo cual se esfuma la posibilidad de que existan entre ellos contradicciones que no puedan arreglarse en familia.  De haber conflictos, se habría sabido.

 

Por Sergio Arancibia

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