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¿Cómo será la política?

Es indudable que estamos abandonando aceleradamente la cultura de la modernidad. No es un abandono total, pues los cambios suceden con cierto ritmo y raramente por saltos bruscos, sobre todo en el ámbito de la cultura.

La modernidad fue el tiempo en que el  ser  humano se apropia de la naturaleza y la pone bajo su yugo; es el tiempo de las ciencias físicas y también de las ciencias sociales. Los impulsores se los ubica en diversos personajes y regímenes. En la física se le asigna a Newton, en las ciencias a Descartes y Bacon, en la sociología a Compte, en la política a la revolución francesa y americana, en la religión a Lutero, en la tecnología y economía a la revolución industrial;  el capitalismo se incorporá como la actividad sobre la que transitará la modernidad hasta nuestros días.

Culturalmente la modernidad también se caracteriza por la sociedad de masas (Stuart Mill y Ortega la describirán), es decir la incorporación de la gran población al consumo que proveen los bienes generados por las nuevas tecnologías. También se produce el frenesí del cambio, de arrasar lo establecido y de violar las leyes de lo sagrado. El hombre ha tomado las riendas de su destino y cada generación va intentando ensayar su sello y dejarlo estampado en la historia.

El movimiento será la característica de este tiempo; el crear y transformar, el sustituir lo viejo por lo nuevo, el tránsito apresurado del tiempo. Los procesos sociales dejaron de ser estáticos y los hombres que inventan las nuevas racionalidades, intentan incluir en sus ideas a todo el espectro humano. Es la era de las ideologías, que no es otra cosa que desarrollar una visión comprensiva de los fenómenos humanos, donde se incluye la búsqueda del poder para  hacerlos carne en la historia.

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Surgen en competencia diversas ideas del mundo: la conservadora, la liberal, las socialistas utópicas, los socialismos materialistas y los socialcristianos. El nazismo y el fascismo emergen como corrientes de competencia dentro de las opciones del socialismo, durante la primera mitad del sigloXX.

La característica sobresaliente de todos estos movimientos ideológicos es la de ser holísticos e imperiales, es decir abarcan todas las dimensiones de la vida humana e intentan hacerlas válidas para la humanidad entera. Son corrientes que en la acción política se les denominará “refundacionales”.

El siglo XIX y XX fue prolífico en estos movimientos ideológicos con pretensiones universales. Lo contradictorio de todos ellos es que se pensaban como poderes milenaristas, siendo que actuaban dentro del tiempo histórico de la “modernidad”, cuya principal característica es la “transitoriedad” (Marx decía, en el Manifiesto, que todo lo existente será arrasado y todo lo sagrado será profanado; también lo afirmaba Schumpeter).

La acción de estas corrientes “totalistas” respecto al poder, dejaron una profunda marca durante la modernidad, pues sólo algunos espacios privilegiados del mundo alcanzaron a realizar las promesas de la Ilustración, pero las grandes masas de población del mundo sufrieron las peores tiranías y matanzas, guerras y violaciones de derechos elementales. En lugar de la prometida libertad y democracia, obtuvieron la acción de Estados auténticamente terroristas, como lo denunciaba en su tiempo el filósofo ruso Berdiaeff y también el italiano Vattimo.

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Los filósofos europeos de los años 70-80 del siglo XX, comienzan a desarrollar la crítica a la modernidad y entre sus puntos destacados está la transformación de una cultura de masas a una cultura de ghettos. Lyotard expone el concepto de los mega relatos, que ya no son aceptables ni comprendidos por las mayorías y, Broudillard aborda el fenómenos de los medias de comunicación, que lleva al bombardeo acelerado de los datos y sucesos, llevando a la imposibilidad de absorberlos como acontecimientos. Sin acontecimientos, no hay memoria histórica.

Guattari y Deleuze, exponen los nuevos movimientos sociales que se incorporan como parte de la vida política y social desde los movimientos antirracistas y anti bélicos, en Estados Unidos, como la revolución del 68 en Francia. Estos autores sacan, de estas experiencias, la consecuencia de que la política ya no se puede ejercer desde la perspectiva ideológica totalista, con los cuadros  de militantes sujetos a disciplina casi militar o las grandes precipitaciones de masas. Ya no pueden pretender ser esos “agujeros negros” que van absorbiendo a todos los otros astros hacia su fuerza centrípeta, de apetito digestivo infinito.

Ya no se percibe viable la masa que se desliza sobre las sociedades como una  avalancha, pues las personas de la sociedad actual sólo aceptan organizarse en pensamientos afines de pequeña o mediana extensión e intensidad, como una especie de teoría de conjunto, donde los componentes pueden interactuar con otros conjuntos sin traicionar su identidad. Es lo que Deleuze llama las redes y rizomas organizacionales. Con Vattimo que saca como conclusión que el poder del hombre debe ser “adelgazado” lo más posible, puesto que ese humano, con excesivo poder en sus manos, lo transforma necesariamente en poder prepotente, en autoritario.

Si la política lleva estos signos que señalan los filósofos “posmodernos”, entonces quiere decir que la política del futuro estará actuada por pequeños partidos y movimientos, que ya no serán tan universalistas ni tan imperiales, tampoco refundacionales. Las organizaciones efectivas del poder, tendrán que tomar decisiones a través de la negociación y la condensación en alianzas democráticas transitorias. La política se tejerá aglutinando estos “rizomas” y permitirá transparentar una creatividad permanente para legitimarse. Las democracias del futuro tendrán, según esta visión, que bajar a las redes de legitimación y acercar las alturas del poder a las personas. La democracia será más líquida, flexible e integrada, pero en permanente transformación.

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Por eso no se debe tener miedo a los partidos pequeños o a los movimientos sectoriales, pues estos deben saber integrar grandes y particulares diálogos y coincidencias. Las hegemonías no serán de imposiciones en masa, sino por múltiples concurrencias que integran la amplia red  organizativa de las sociedades.

Los pesimistas, hablan más bien de la concentración plutocrática del poder en una sociedad en que el 0,1% de la población concentra gruesa parte de la riqueza en el mundo, riqueza que están usando para alcanzar la dominación tecnológica,  en la perspectiva de un futuro que se anuncia dominado por la inteligencia artificial y las tecnologías más invasivas, de los espacios que fueron reservados a la actividad del hombre.

Si la realidad se dirige hacia esta tiranía tecnológica, la política tendrá dueños privados y por tanto el ejercicio democrático quedaría ocioso, como destino.

 

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Hugo Latorre Fuenzalida

 

 

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