El Gobierno tiene abiertas las puertas para endeudarse tanto en el mercado interno como externo. El acuerdo logrado la semana pasada entre Gobierno y oposición establece claramente que el fondo Covid – para financiar la emergencia – se constituirá por la vía de la venta de bonos soberanos y por la vía de endeudamiento interno y externo. A ello se suman sendos proyectos enviados a los pocos días al Parlamento – uno como reforma constitucional y otro como reforma de la ley del Banco Central – encaminados a autorizar a dicho organismo a que compre, en el mercado secundario, los instrumentos de deuda que pueda emitir el Fisco. Todo parece indicar, por lo tanto, que el Gobierno se va a endeudar en el futuro cercano. Pero queda todavía la decisión de si emite deuda interna o deuda externa, que no son lo mismo ni tienen las mismas consecuencias.

Si se endeuda en moneda extranjera, y el objetivo es poder realizar gastos en moneda nacional, debe pasar por vender los dólares al Banco Central, el cual procederá, por lo tanto, a proporcionarle al Fisco la cantidad equivalente en pesos para llevar adelante   los gastos este que tiene contemplados. En otras palabras, el Fisco se queda con los pesos y con la deuda, y el Banco Central se queda con lo dólares.

Cuando el Fisco echa a circular esos pesos -pagando remuneraciones, o realizando inversiones, o lo que sea – hace que la demanda de todo tipo de bienes y servicios se incremente, pues quien recibe esos pesos los usa para gastarlos, y no para ahorrarlos debajo del colchón. Parte de esa mayor demanda se traducirá en mayor demanda de bienes importados, y encontrará disponibles en el Banco Central los dólares como para hacer las importaciones que correspondan. Al vender los dólares, el Banco Central recoge parte de los pesos que había echado previamente a circular. Puede que todo este proceso no modifique en forma significativa el precio del dólar en el mercado cambiario interno y, por lo tanto, los que están endeudados en dólares con instancias externas – como sucede en alta medida con las grandes empresas y los bancos nacionales – no tendrán que gastar más pesos para honrar esas deudas. Pero el contratar más deuda externa puede que empeore la calificación de riesgo del país, lo cual no les gusta para nada a las grandes empresas y bancos, que concurren habitualmente al crédito externo. Es la otra cara de la medalla.

Endeudarse en moneda nacional es otra cosa. El Gobierno puede emitir bonos que – de acuerdo a las leyes que seguramente ya estarán listas la próxima semana – serán comprados por el sistema bancario, en el mercado primario, y posteriormente vendidos, en el mercado secundario, al Banco Central. Este tiene que emitir pesos, pero no recibe dólares, sino papeles emitidos por el Fisco, que no sirven para realizar importaciones ni para realizar pagos externos. Cuando el Gobierno gaste los pesos que recibió, se incrementara la demanda de bienes y servicio, tal como ya habíamos visto en el escenario anterior, incluida la demanda de bienes y servicios importados, pero ahora no habrán en el Banco Central tantos dólares como en el caso anterior. Es posible que eso se traduzca en un incremento del precio del dólar en el mercado cambiario.  Entonces, es posible que el proceso de reactivación se detenga, o ande mucho más lento que en el escenario anterior, incluso acompañado de inflación.

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Toda estas son consecuencias de corto plazo. A largo plazo, las deudas, internas o externas, hay que pagarlas. Las deudas externas requieren dólares, y para tener dólares hay que exportar, importar menos, o volver a endeudarse.

El pago de deudas internas exige que el Fisco genere año a año un superávit fiscal, en pesos, para poder pagar deudas, o volver a emitir, con lo cual el problema se hace permanente.  En cualquier caso, se requeriría que el Gobierno postergue gastos sociales o de inversión para poder pagar sus deudas internas o externas, lo cual indudablemente no es una medida neutral, sino que genera dolientes dentro del país. Y el tener un fisco endeudado, y un posible cambio de gobierno en un futuro no lejano, puede generar la expectativa de que se venga encima una reforma tributaria que ponga a tributar más a los ricos del país.

No son fáciles, por lo tanto, las decisiones que tiene que tomar el Gobierno. Sería mucho más cómodo para él no tomar decisión alguna – y dejar que los problemas se solucionen solos, o los solucione el mercado –  pero la cruda realidad obliga a salir del nicho ideológico y a actuar en un sentido u otro.

 

Por Sergio Arancibia

 

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