El cuento del Tío es una vieja leyenda chilena: el gobierno de Sebastián Piñera lo utiliza para ofrecer unas “ayudas” que, al final, resulta tan difícil de gestionar que, a la larga, la mayoría de los ciudadanos no logra alcanzar ninguno de los beneficios, pues son tantos los requisitos y limitaciones que el ciudadano, ya aburrido con el “cuento del Tío, prefiere seguir pasando hambre y haciendo colas, que pueden hasta infectarse en el intento, además de quebrantar las disposiciones asociadas a la cuarentena y alargar en exceso la peste.

El periodista Juan Rafael Allende, en el famoso “cuento del Tío”, (1904), satirizaba la deshonestidad de los empleados públicos al relatar la historia:

“Don Inocencio, hacendado chilote, venía a Santiago. Su objetivo era obtener una beca para que una hija suya estudiara en la Escuela Normal. ´Hablar con el Ministro´ le costaba prometer sucesivas coimas: el portero, $20; ´el oficial de pluma´, $15; $200 el ´oficial de parte´, (apurado por cubrir una deuda de juego), $500; el subsecretario, $1.000; y…$2.000 al ministro, con quien por fin se veía, (el ministro necesitaba el dinero para pagar un banquete a unos correligionarios). Don Inocencio aceptaba siempre, creyendo que tenía la suma requerida en un paquete que llevaba entre las manos, pero el paquete – abierto a los ojos anhelantes y codiciosos de los funcionarios venales – sólo contenía papeles recortados, del mismo tamaño que un billete bancario. Don Inocencio había sido víctima del clásico cuento del tío”, (posteriormente fue denominado y difundido por Latinoamérica como “el paquete chileno”). Vial, 1996: 598, Vol. 1, Tomo 2.

Los miembros del gabinete del gobierno de Piñera han sido muy buenos alumnos en aplicar “el cuento del tío”, con la única diferencia de que “don Inocencio actual” ya ha adquirido conciencia de que el paquete de ayuda era puro papel de diario y no de billetes contantes y sonantes.

El ciudadano, por mucho que utilice lupa para leer la letra chica de las ofertantes, aparentemente generosas del gobierno de Piñera, siempre concluye que estos aportes no son para él, por mucho que – como don Inocencio – tenga un paquete listo para comprar funcionarios.

Como en la Lotería, el pobre ciudadano no logra que su número sea el premiado. Si quiere postular al bono de $500.000 debe llenar varios requisitos: un computador que funcione, que la página del Registro familiar no esté copada o cortada, o bien, retirada por saturación de público; ser joven y capaz de manejar convenientemente el internet; ganar más de $500.000, (si usted devenga menos de esa suma, ni lo intente).

Para postular a un crédito blando, propuesto por el gobierno, tiene que probar haber perdido el 75% de sus ingresos, (si es que no lo piden, como prueba contundente, que se saque su camisa y muestra sus hundidas costillas, o bien, de tanta hambruna, qué y cómo se alimenta). Antes, los faquires eran un espectáculo: se exhibían, en el centro de Santiago, tratando de probar que no habían ingerido alimento alguno durante un mes; uno de ellos, estafador, cenaba todas las noches en el Hotel Gobelinos.

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En cuanto a las famosas “canastas” si usted cree que una de ellas va a llegar a la puerta de su casa, está muy equivocado, y si esto ocurriera, los productos de la caja le alcanzarán, a lo mejor, para ocho días. Y el preservativo, incluido esta segunda remesa, será inútil, pues con tanta hambre la única pulsión posible es la de querer introducir en su boca un poco de comida, (la actividad sexual ya está a la baja, y el eros está cadavérico).

No es la primera vez que los pobres en Chile se alimentan con la instauración de “ollas comunes”: ocurrió en los años 20 y 30 del siglo pasado, debido a la crisis salitrera y a la gran depresión.

En cuanto a las canastas populares y los albergues eran una muy buena fuente para estafar al Estado: el mayor del ejército Bernardo Gómez, estaba a cargo de los albergues; un día, sorpresivamente, el ministro del Interior, Tocornal, “sin previo aviso, visitó uno de ellos. Los gastos de los hospedados del albergue de la Calle San Ignacio sumaban en la cuenta mucho más de lo que lo que se gastaba en los albergados. La investigación develó nuevos y sabrosos detalles. Los concesionarios cambiaban por dinero cheques prestados por los policías. Algunos de estos trabajadores en los albergues: uno, cocinero allí, se defendió sosteniendo haber sido sólo, y por pocos días, “profesor de cocina”. A veces, los proveedores daban las facturas “infladas”, sin participar en los beneficios, únicamente para no perder el negocio verdadero; a veces, los concesionarios debían tolerar que los abasteciesen parientes o amigos de los comisarios o inspectores, y admitirle mercadería averiada o carísima” (Vial, Vol. 3:326).

Los ciudadanos, (los siúticos los llaman “gente”), a partir del 18-0, se han vuelto menos tonto que nunca en nuestra historia y, aunque no hayan leído al historiador Gonzalo Vial, saben bien que las ofertas del gobierno son solo paños de agua tibia, y cuando hay mucha plata del fisco, hay que ser muy gil para no sacarle una alita, so pretexto de gastos de administración. La profesión de robar a “Moya” es más vieja que la prostitución, y quien desde el poder no lo hace, sería un insensato.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

15/07/2020

 

Gonzalo Vial Historia de Chile 1891-1973

Vol I Santillana 1983

Gonzalo Vial Historia de Chile

Tomo II Zigzag 1981

 

 

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