Política

Telescopio: ventajas y desafíos del Presidente Electo

¿Es ser joven una ventaja? Para quienes nos asomábamos a esa etapa de la vida, en esos brillantes y esperanzados años 60 del siglo pasado, sin duda que lo es. Y así debe ser para Gabriel Boric, el presidente más joven de la historia de Chile. Bueno, en estricto sentido él no está solo en esa categoría, o más precisamente, tendríamos que decir que está en muy buena compañía. José Miguel Carrera tenía 35 años cuando se hizo cargo del gobierno en 1811 –y vaya que su gestión fue prolífica. Fue además la figura realmente señera del proceso independentista chileno: “¿Quién fue el primero que dijo / libertad en nuestra tierra / sin reyes y sin tiranos? / Don José Miguel Carrera…” escribió Pablo Neruda. Entre sus muchas obras se cuentan el primer periódico, la fundación del Instituto Nacional, la ley que creaba escuelas primarias en los conventos, ¡incluso para las niñas! Carrera cambió radicalmente el carácter del proceso iniciado el 18 de septiembre de 1810 que explícitamente indicaba que su objetivo era “preservar estos dominios para el rey Don Fernando VII”. Carrera no fue el único joven gobernante (en ese tiempo no se llamaba “presidente” sino “director supremo”), de manera efímera ejerció ese cargo, en 1818, nada menos que Manuel Rodríguez, con sólo 35 años también. Y en 1823 Ramón Freire, de 36 años, un hombre de ideas liberales, asumió el gobierno hasta que fue derrocado por la ofensiva conservadora y oligárquica que se entronizaría con la constitución portaliana de 1833.

Por cierto, no faltarán los que digan que a este joven diputado, ex dirigente estudiantil, le faltaría experiencia y hasta madurez. Al respecto, nos viene a la memoria una frase que una vez le escucháramos a Antonio Skármeta, en uno de sus cursos de axiología en el Pedagógico: “la experiencia es como una peineta que esperas usar cuando estés calvo”. Para poner las cosas en perspectiva, por cierto que la experiencia es un elemento importante en la vida y que se va adquiriendo, pero además, en estos tiempos en que tareas tan complejas como gobernar un país son emprendidas con un sentido de equipo, no es un requisito que el aporte de la experiencia venga únicamente del jefe del gobierno, para eso van a estar sus asesores y consejeros. Ciertamente, asumiendo que la selección de éstos y éstas sea hecha con la mayor sabiduría.

Y naturalmente, la otra gran ventaja del presidente electo chileno es que contó con un impresionante apoyo popular, en un contexto de alta participación ciudadana en el proceso electoral mismo. Una ventaja que no provino de los aciertos que pudo haber tenido su campaña publicitaria, sino de cómo una amplia mayoría de la población se ha sentido identificada con los principales puntos de su programa. En primer lugar, los puntos que reflejan las más ansiadas aspiraciones populares, expresadas de manera elocuente tras el estallido social de 2019. No hay duda que la implementación de un nuevo sistema previsional diferente al fracasado modelo de ahorro individual representado por las AFPs, es una de las demandas centrales de la ciudadanía. Se trata de una demanda tan fuerte que incluso la derecha tendrá problema si en el congreso intentara aferrarse al modelo actual e impedir su reemplazo. Lo mismo puede decirse de la reforma al sistema de salud y la necesidad de establecer uno nuevo, basado en el acceso universal a las prestaciones; otro tanto en relación a la necesaria modificación del actual sistema educativo, todavía imbuido de una lógica de mercado más que de servicio público. En buenas cuentas, ese fuerte deseo de cambiar el modelo económico neoliberal se ha hecho carne de un modo firme en la ciudadanía y la candidatura de Boric supo muy bien interpretar esa voluntad popular. Por cierto, su compromiso con el trabajo de la Convención Constitucional es también de gran importancia. Todo esto fue una ventaja central que lo llevó a la primera vuelta, y luego, aunque mucho se ha hablado de la moderación de su discurso para la segunda vuelta, ese aspecto esencial de su programa ha permanecido y aun más, ha sido incluso adoptado—por lo menos de modo implícito—por aquellas fuerzas que se sumaron a su campaña, pero, que todos sabemos, hicieron muy poco por remover esa herencia de la dictadura cuando ellas gobernaron.

Otra ventaja, ciertamente ligada a su propia juventud—una persona que no se cierra a aprender—fue el incorporar a su programa otros puntos que no parecían prioritarios en la primera vuelta, pero que ciertamente los eran para la ciudadanía. Particularmente importante, en este sentido, la incorporación del tema de la seguridad pública con todas sus ramificaciones: lucha contra la delincuencia y el narcotráfico. Tradicionalmente este un tema al que la izquierda no ha dado un trato prioritario. Siempre ha sido muy común que cuando el tema de la criminalidad surgía, los teóricos de la izquierda apuntaban de inmediato a que se trata de “un problema social” y que por tanto había que ir a sus causas, para resolverlo. Obviamente la delincuencia es un problema social, pero a la señora que le roban su cartera en el bus, a la pareja que le hacen un portonazo para robarles su coche, o a la familia cuya población se la tienen tomada bandas que se agarran a balazos en plena calle, esa explicación no les aporta mayor cosa, más bien les parecerá una manera de eludir el tema y hasta se inclinarán a votar por quienes, de un modo simplista, alegan que el problema se resuelve con más “mano dura”. Además, si sólo hubiéramos de seguir la lógica de “buscar las raíces sociales de la criminalidad”, con todo lo correcto que esa noción pueda ser, nos tomaría años resolver el problema. Boric hizo muy bien en darle prioridad al tema y enfatizar, tanto el aspecto social, como también las medidas concretas en términos de reorientar el trabajo policial para lidiar con el problema.

También fue señal de un buen aprendizaje cuando decidió no acompañar al actual presidente Sebastián Piñera, en su gira por Colombia. Curiosamente, muchos políticos de la “vieja guardia” de la izquierda se sumaron esos días a ese discurso medio dulzón (sacarinoso lo llamaría) que alude al “espíritu republicano” y a supuestas “políticas de Estado” definidas un tanto arbitrariamente. Boric hizo bien además, porque viajar junto a Piñera—con todo lo que el gobierno del actual presidente ha representado, especialmente para mucha gente joven que ha sufrido la represión—habría enviado un mensaje ambiguo. Gústenos o no, Piñera es el presidente hasta el 11 de marzo y en lo que le queda de su mandato él puede darse aun el gusto de visitar a sus amigos de otras partes del continente. Evidentemente, se trata de lo que aquí en Norteamérica llamamos un lame duck (un “pato cojo”), lo que significa que en este breve tiempo que le queda, las medidas que tome tendrán poca importancia, pero entonces mejor dejarlo que haga él solo sus últimas movidas en el entendido que serán básicamente intrascendentes. Eventualmente, el nuevo presidente deberá desarrollar su propia política exterior.

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Dicho todo esto, es evidente que el presidente electo enfrenta también complejos desafíos. Uno de los más inmediatos es seleccionar el equipo que lo acompañe una vez que asuma el gobierno. Él ya ha anunciado que para su primer gabinete buscará personas (“los mejores”, ha dicho) en un espectro político más extenso que el que levantó su candidatura (Apruebo Dignidad, formado por el Frente Amplio y el Partido Comunista), lo que es más o menos comprensible, dado el hecho que, en efecto, para triunfar debió sumar a otras fuerzas. Además, en términos prácticos, necesitará de votos en el congreso. El problema es ciertamente cómo se hará esa búsqueda y con qué criterios. Boric ya ha descartado la idea de una suerte de cuoteo y lo único que ha adelantado es que quiere que el gabinete tenga paridad de género y representatividad regional.

Aquí, como es habitual en estos casos, no está de más recordar que hay que cuidarse de los oportunistas, sean estas personas o sectores políticos. El Partido Socialista, el PPD y los radicales, acordaron apoyar a Boric de modo institucional, pero especialmente en el PS ya se habían pronunciado en su favor—rompiendo con la disciplina partidaria—numerosos militantes y algunas figuras destacadas, como Maya Fernández, por ejemplo. Paradojalmente, cuando en la segunda vuelta ese apoyo se institucionaliza, algunos de los designados para integrarse a la campaña del candidato triunfante son personajes que uno no quisiera ver en puestos de responsabilidad en el futuro gobierno: la derrotada ex candidata a senadora Paulina Vodanovic, exponente del ala más derechista dentro del PS y el senador Carlos Montes,  conocido operador político de esa colectividad. Sin duda debe haber apertura hacia sectores independientes, el rol de Izkia Siches, ha sido de gran importancia y hay consenso que debe tener un rol en la conducción del gobierno, del mismo modo el ex fiscal Carlos Gajardo, que se rumorea para la cartera de Justicia, entre algunos de los nombres mencionados.

No han faltado los que, haciendo uso y abuso de esa atmósfera que antes caracterizaba como “dulzona o sacarinosa”, quisieran que el gabinete diera “garantías a todos” (entendiendo “todos” no como las grandes mayorías que votaron a Boric, sino a los que manejan “todo” el gran billete). Se menciona mucho el puesto de Ministro de Hacienda, que—aseguran esos que quisieran echarle “agua al vino” del programa del presidente electo—debiera ser alguien “técnico” un poco al estilo de Rodrigo Valdés, ese nefasto personaje que dominó las finanzas del país en el segundo gobierno de Michelle Bachelet.

Otros aconsejan que no haya comunistas, o al menos que no los haya en posiciones muy relevantes. Una propuesta grotesca, considerando que ese partido hizo un trabajo notable para asegurar el triunfo de Boric. Pero hay algo peor en esas trasnochadas sugerencias, porque se parecen a la expresión usada por González Videla poco antes de romper con los comunistas, que habían contribuido a su triunfo: les dijo que “submarinearan un poco”, que no se hicieran visibles porque asustaban a la gente. Que setenta años más tarde, treinta sin Guerra Fría, algunos utilicen el “cuco” del PC es una estupidez y una inaceptable y malintencionada maniobra.

Sin duda, para Boric conformar su gabinete inicial será el primer desafío, pero eso seguramente será poco, comparado con los que le espere una vez instalado en La Moneda. Como señalamos al comienzo, su juventud—una característica que comparte con grandes y brillantes figuras de la historia inicial de Chile—deberá ser un importante factor para hacer frente a esos desafíos, y superarlos con el éxito que le fue esquivo a esos notables héroes. El apoyo del pueblo deberá ser en esto su otra principal ventaja, la que además puede hacer la diferencia al confrontar esos desafíos.

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Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

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  1. El anti comunismo chileno es muy fuerte y sus pregoneros muy poderosos, tanto que muchos decidieron apoyar al fascismo anti comunista, sin entender ni saber qué es el “comunismo”.

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