Somos muchos y muchas, tantos y tantas en pensar que este sistema no da para más. Pero cabe constatar que nuestras voces, pensamientos y prácticas sociales y políticas están dispersas, compartimentadas, fragmentadas y por lo mismo debilitadas. Tanto es así que hay veces en que dudamos de nuestra fuerza, y otras en que sucumbimos a una cierta desesperación y, por lo mismo, a la frustración y a la impotencia. En ciertos períodos esta diversidad fragmentada tiene su lado bueno y creativo en lo individual, pues nos sacudimos de los aparatos centralizados, de las direcciones verticalistas autoritarias y de líneas políticas partidistas impuestas y sin debatir. Muchos y muchas hemos creído que una autonomía enriquecedora puede desplegarse entre los y las que queremos un cambio profundo de las estructuras sociales, económicas y políticas. Pero es en momentos históricos como éste que surge la imperiosa necesidad de unirse, de sumar fuerzas, de hacer frente, de levantar alternativa al sistema que oprime, devasta, discrimina y mata. Es cuando se revela nítidamente, ya sin dudas, el carácter mortífero inherente al capitalismo y de su forma neoliberal de adentrarse en la vida entera; en la social y en la natural, así como en el espacio de la subjetividad de nuestras más íntimas experiencias personales; allí donde el cálculo del homo economicus neoliberal busca empujarnos, al egoísmo paralizador que inocula el mismo sistema, para transformarnos en objeto manipulable, conforme e indiferente.

 

No obstante, la práctica y el aprendizaje de lo colectivo que se expresó en las movilizaciones ciudadanas y populares de masas que comenzaron el 18/O funciona como antídoto contra la ideología capitalista, patriarcal y productivista del sistema. Y nos muestra el potencial enorme de cambios que existe en la experiencia de la acción colectiva, política y cultural de las organizaciones populares y ciudadanas diversas, que hizo retroceder a los poderes instituidos empezando por el Estado, el Gobierno y los partidos políticos institucionales.

 

Si hay una “Guerra”, es una guerra social de la que se trata. A partir del 18 de octubre del 2019 fue la oligarquía en el poder la que en la voz de su representante y presidente Sebastián Piñera le declaró la guerra al pueblo. Hoy, en plena pandemia del Covid-19 y en medio de una profunda crisis económica global y nacional, los propietarios del poder y la riqueza, junto con retomar la cantinela de los “acuerdos” se preparan para lanzar nuevamente una vasta ofensiva hecha de chantajes con amenazas de despidos y hambre. Y si es necesario, de represión policial militarizada contra el pueblo de Chile y las reivindicaciones de sus movimientos sociales populares, de mujeres, ecologistas, pobladores, estudiantes y trabajadores en general. Si no resistimos a la paranoia y a la parafernalia del poder, el horizonte de Orwell y las “sociedades de control” descritas por G. Deleuze estarán a la vuelta de la esquina.

 

En el fondo, y para ser claros, la oligarquía y sus aparatos no han cesado de aplastar desde octubre las libertades individuales y públicas, así como el derecho a una vida buena, de preferencia en los barrios y comunas populares donde habita el pueblo en condiciones precarias junto con los inmigrantes.

 

Lo que es violento, lo que viola la dignidad humana, es la ceguera y la arbitrariedad del poder; es la preferencia del Estado oligárquico y neoliberal por los intereses de los grandes empresarios en tiempos de pandemia, son las condiciones de vida precarias que generan la desigualdad, la cesantía de masa, los ingresos y salarios bajos, la vivienda insalubre sin agua potable, las pensiones indignas, la falta de atención médica y de cuidados gratuitos, la desesperación de nuestros adultos mayores desamparados en la miseria, la falta de alimentos y el endeudamiento en la que vive hoy el 70 % de los chilenos y chilenas. Porque en este sistema económico y social instaurado a sangre y fuego en septiembre de 1973, y mantenido por todos los gobiernos de la “Transición” hasta ahora, las vidas de los chilenos y chilenas valen menos que sus ganancias.

 

Llegó el momento de decir las cosas por su nombre. “Nombrar mal las cosas solo agrega desgracia al mundo” decía Albert Camus. Escribir la palabra tabú que durante más de treinta años evitaron pronunciar quienes adoptaron el neoliberalismo como “la” modernidad porque, según ellos, la “caída de los muros” habría demostrado que no “había alternativa” a la economía de mercado, al productivismo, a la globalización ‘feliz’ y a las democracias representativas liberales. Ha sido tanta la confusión intelectual a la que ha inducido el sistema dominante, los intelectuales a su servicio y sus dispositivos mediáticos de producción de ideología, que como bien lo ha expresado el filósofo Fredric Jameson, “es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

 

El capitalismo era una reliquia conceptual, una categoría sin realidad, pues “es tan natural como el aire que respiramos” decían sus adeptos y apologistas.

 

Hoy le perdimos el miedo a las palabras y a las consecuencias del pensamiento crítico. Fue otra lección de los y las libres y rebeldes de Plaza Dignidad. Capitalismo designa el sistema económico histórico que se instaló en Occidente desde el siglo XV con saqueo de los mundos, esclavitud, trabajo forzado para la acumulación primitiva de capital, guerras bárbaras entre naciones, masacres de pueblos enteros por parte de los imperios coloniales para apropiarse de sus recursos y acumular riquezas por la violencia y la explotación. Después de una fase industrial y de generación de plusvalía por la explotación del trabajo asalariado, hoy el capitalismo, está en su fase neoliberal. Y los porfiados hechos y la experiencia humana y científica demuestran que el “Progreso” ha sido secuestrado por la lógica del capital (es lo que llaman “posmodernidad”), pues hoy destruye la vida de la especie humana, saquea el planeta, extingue especies vegetales y animales, mata la biodiversidad y despierta y provoca riesgos tan grandes para la vida social como la pandemia global de Covid-19 ante la cual asistimos de cierta manera impotentes y desprotegidos de sistemas sanitarios públicos que fueron sacrificados en nombre del mercado de la salud y del negocio de las clínicas privadas. Pues bien, este capitaloceno es la época donde ese sistema que funciona según las leyes de la apropiación privada, de la competencia desenfrenada en los mercados y de la lógica de la ganancia, destruye la vida humana y los equilibrios en los que evolucionan los seres vivos en los frágiles ecosistemas del Sistema Tierra. No se trata entonces sólo de sacarnos de encima el neoliberalismo y su lógica global de explotación del mundo humano y natural sino de salir del capitalismo que lo mantiene y le imprime su dinámica mortífera. El capitalismo es feroz y no puede ser reformado o “reinventado”, ni humanizado, ni controlado o “sustentabilizado” con verde. El capitalismo pregona la ley del más fuerte, el poder autoritario, el productivismo y el consumismo sin límites.

 

Y lo que va corrido del sigo XXI demuestra con creces que el capitalismo corrompe la política como actividad noble, avasalla, captura e instrumentaliza a la ciencia, destruye la cooperación entre los seres humanos, perpetúa el racismo supremacista blanco e inocula la competencia y la guerra de todos contra todos para impedir que se instale una cultura basada en la ayuda mutua, la solidaridad y el Bien Común. Por tal razón debemos ser anti capitalistas y quienes lo somos debemos unirnos. Así lo indican la experiencia y la razón. Después de la crisis económica y financiera del 2008 los poderes globales prometieron cambios sustantivos al sistema bancario; dijeron que iban a impedir la evasión de dinero a los paraísos fiscales, e incluso algunos gobiernos capitalistas propusieron ponerle impuestos al movimiento de capitales en los mercados financieros especulativos. Nada. Ninguna reforma: el capitalismo siguió frenético obstinado en su “crecimiento”: cabeza gacha contra el muro rumbo al colapso civilizatorio.

 

Las lecciones que podemos sacar de la actual pandemia de Covid-19 son inmediatas y radicales. Si todo continúa como antes. Si nada hacemos para acabar las prácticas destructivas del capitalismo y la anestesia de su dispositivo mediático, es seguro que otras pandemias similares, tal vez incluso más graves que la que estamos atravesando actualmente, se producirán en los próximos años y azotarán más duramente a los asalariados que viven como norma la precariedad de la existencia. En términos más generales, la crisis actual es presagio de otras, y todas tendrán las siguientes dos características: 1. su causa inmediata radicará en una u otra de las múltiples facetas del desastre ecológico mundial en el que nos ha sumido el capitalismo, y 2. la vida de los pueblos estará en juego a escala planetaria. Por consiguiente, la voluntad anticapitalista debe inscribir el problema ecológico, en todas sus dimensiones, en el centro de sus preocupaciones: la profunda transformación democrática de la sociedad y de las estructuras capitalistas de poder.

 

La mayoría de los análisis hechos por juristas y abogados de estirpe demócrata repúblicana ignoran lo que una larga tradición política denomina el carácter de clase del Estado. Y al hacerlo no ponen el debido énfasis en el Estado como aparato de represión al servicio de un sector de la sociedad y del uso de la fuerza con objetivos inconfesables en momentos de crisis social, económica y política

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. Muchos análisis se contentan con una mirada superficial del Estado e ignoran que el “monopolio de la violencia” considerado “legítimo” (la definición de Max Weber del Estado) corresponde a los intereses particulares de la clase de grandes propietarios asistidos por sus funcionarios economistas, juristas, politólogos, historiadores, periodistas, etc. Muchas “blancas palomas” insisten en su lado “benefactor” y de “garante de orden y justicia”. Así evitan hacer una crítica más profunda que obliga a plantearse las razones de la impotencia de las instituciones políticas como el parlamento y del peso determinante de los antagonismos sociales en las democracias parlamentarias, y que se revelan crudamente en los períodos económicos y políticos difíciles. Analizar estos aspectos más políticos implica que poder acusar a los responsables de las violaciones de los Derechos Humanos es necesario, pero que no basta, pues hay que plantearse los medios y acciones para que esto nunca vuelva a ocurrir.

 

No obstante el peso de la crítica para crear consciencia y revelar las contradicciones y aporías del sistema, no basta con ser ANTI. Debemos ser propositivos en el marco de una visión social, igualitaria y ecologista de la sociedad y del mundo. Construir vínculos de reconocimiento como iguales de hecho entre nosotros y nosotras, y lazos armónicos con la naturaleza, pues somos parte de ella.

 

Unirnos en la diversidad es la manera de responder y contraatacar la lógica individualista y de “guerra de todos contra todos” (Tomás Hobbes, 1642, El Leviatán) del capitalismo en lo cultural, y poner en jaque el poder “liberal” y abusivo de una clase de grandes propietarios contra las mayorías, en lo político. Al capitalismo se lo enfrenta con la lógica de lo colectivo, de la unidad en la acción y con una estrategia que prevé los golpes venideros de los que ofician de guardianes y operadores del sistema de dominación. Así se le arrebatan sus avances científicos en farmacología y tecnologías de comunicación para darles uso social y se le hace la demostración por la mayoría. Es imperativo asumir nuestra oposición al capitalismo sin imaginar un solo instante que podríamos tener un tipo de acuerdo, negociación o compromiso con él. Puesto que no somos solo “anti” de manera obcecada ni dejamos de lado el pensamiento crítico; y aunque no tengamos un proyecto definitivo y en armado concreto al respecto, somos cada vez más las mujeres y los hombres de todas las generaciones pasadas y presentes del pueblo de Chile (y de los otros mundos) a teorizar o a reflexionar acerca de las prácticas alternativas creíbles presentes y pasadas; de los trabajadores, mapuches, estudiantes, feministas, campesinos, mineros, cristianos revolucionarios y de los militantes de las izquierdas. Además de todas las experiencias mundiales que se han abierto y osado avanzar, muchas veces a tumbos, por el camino de la emancipación.

 

Si hay un imperativo ético prioritario aparte del cuidarse, de la prudencia y del principio de precaución, es aquél que nos dice que es hora de poner nuestras experiencias organizativas y prácticas sociales de ayuda y participación colectiva en común. Crear común, compartir común y cuidar la vida y lo común. Es lo que une estas experiencias y esperanzas: bienes comunes fundados no sobre la posesión sino sobre el uso de los bienes y riquezas, la justicia social y la dignidad como base de la igualdad. Cosas buenas tangibles para las vidas humanas. Los comunes son recursos y bienes compartidos (como el agua, los bosques, ríos, mares y cielos lo fueron en largos períodos de la especie humana en la Tierra organizada en tribus y pueblos), vectores y condición de acciones colectivas y formas de vida. Ellos nos permiten aspirar a una vida buena al cambiar los criterios de referencia: no más el mercado a full sino la distribución y el compartir, no más la competencia sino la ayuda mutua entre iguales (la mutualidad).

 

Estas propuestas tienen su propio peso. Ellas permiten concebir e imaginar un mundo diferente, liberado de la búsqueda desenfrenada de la ganancia, del tiempo rentable, de las relaciones mercantiles y de la violencia policíaca cada vez más militarizada.

 

Sabemos que no bastan las buenas ideas ni las prácticas creadoras: tenemos consciencia del poder del capital y del monopolio de la violencia estatal del cual dispone en las “democracias liberales”. Estamos conscientes que intentará por todos los medios impedir que se organice una fuerza apacible, democrática y colectiva que lo enfrente. Es tanto más necesario organizarse en pleno conocimiento de la brutalidad del poder para enfrentarlo en todos los campos sociales y culturales así como tejer solidaridades locales e internacionales en la práctica de la auto organización y de la autonomía de las acciones. Estos son principios activos que junto con una “ardiente paciencia” posibilitarán acumular fuerzas. Lo que supone popularizar todas las formas verdaderas de democracia desde abajo: asambleas ciudadanas, ollas comunes, colectivos populares, sindicales, culturales, de salud, cooperativas de medios o redes y grupos de ayuda mutua, etc. Ej: impulsar las iniciativas de los y las que trabajan en el sistema de salud para junto con los usuarios mejorar la participación y control de las autoridades y “expertos” sanitarios. Son los que trabajan cotidianamente en los hospitales y centros de salud quienes conocen mejor los padecimientos del pueblo y sus necesidades en materia sanitaria.

 

Así como admiramos gestas populares pasadas como las luchas del pueblo mapuche, las movilizaciones de trabajadores, pobladores y estudiantes durante la Unidad Popular, también aprendemos de las experiencias históricas y las protestas que desarrollaron fuerza ciudadana para derrotar a la dictadura civil-pinochetista y de las innumerables iniciativas nacidas de los movimientos sociales de los trabajadores, estudiantiles, ecologistas, feministas después de la dictadura.

 

Hemos visto que en momentos clave de los giros de la Historia de la humanidad quienes comparten una visión del mundo en crisis se unen y buscan crear su propio poder y perspectiva con el fin de cambiar la vida. Y hoy, ese cambio es necesario para preservar la vida social humana en sus variados y complementarios aspectos, animal y vegetal; flora y fauna. Tenemos la legitimidad de decidir sobre el curso de nuestras vidas. Ya sea los demócratas que creen en la república social, los marxistas en el socialismo democrático, las feministas en un mundo sin patriarcado, los anarquistas en la federación horizontal de las voluntades, los cristianos en la liberación.

 

Ante la política oficial de la casta política y su gobierno que sólo sabe responder con acuerdos y consensos para intentar tapar las brechas del modelo con migajas; ante una vuelta a una “nueva normalidad” que no es más que un ajuste neoliberal; ante la urgencia de la situación social y el carácter estructural de la profunda crisis sanitaria, ecológica, política y económica gestadas en el contexto del capitalismo global y nacional, debemos aliarnos y ligarnos para desmontar el discurso dominante. Y ante la posibilidad de continuar con un proceso constituyente que nos dé una Constitución para los nuevos desafíos donde se imponga la voluntad del pueblo de Chile, somos nosotros y nosotras quienes decidiremos cómo hacerlo. Y la única manera posible es construir y experimentar juntos. Y es muy importante darse las formas óptimas para compartir ideas, debatir, deliberar y actuar. Y junto con crear esa cooperativa virtual y concreta de elaboración de iniciativas debemos juntar y unir nuestras fuerzas diversas; un contra-poder para después establecer juntos y juntas las formas y modos para avanzar en la construcción de una alternativa política social aterrizada que todes juntos definiremos.

 

Leopoldo Lavín Mujica, profesor de filosofía, BA en Journalisme et Philosophie y MA en Communication publique de l’Université Laval.

 

 

 

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