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Carta-imagen a JLG

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Una mujer se acerca por la vereda. El pelo suelto rodea un rostro bien formado, como una ensenada en Cornualles o en el Vaud, y un cuerpo tan alto como la longitud de un abedul de 22 meses. Viste ropa cómoda y su paso es liviano y determinado. Y sobre el suelo de baldosas grises no necesita tacos, porque su sonrisa desmiente la necesidad de elevarse más…

Junto a la berma de la plazoleta, se detiene un taxi con dos pasajeros. Se baja el chofer con una corona fúnebre y bisecta el espacio en dirección a un portal al otro lado de la intersección de calles, donde entrega la ofrenda. Retorna hacia el auto y cargando al pequeño niño que esperaba en el asiento trasero le ayuda a apoyar una de sus manos en la bocina. Luego lo devuelve atrás y parte.

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En dirección contraria un auto para ante el semáforo en rojo. De él surgen voces estridentes, mezcla de la pasajera y la que proviene aumentada por el celular subido de tono. A esa hora y en ese momento, el bullicio circula como un remolino y sobrepasa los pisos más altos del entorno.

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En frente, cuatro jóvenes graban imágenes con sus celulares. O mejor dicho, las muchachas graban y los chicos actúan. Uno de ellos se sube a un árbol y el otro pasa una y otra vez ante la joven genuflexa a la manera de Ozu…

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a Jean-Luc Godard, au contraire.

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