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Una segunda vuelta para ampliar el pacto antifascista

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Los resultados finales de este domingo confirmaron el triunfo del ex presidente Lula da Silva (48.43%), aunque no consiguió elegirse en la primera vuelta como pronosticaban algunas encuestas, faltó demasiado poco para que Lula no ganase en esta ocasión. Sin duda, el ataque concertado del resto de los candidatos hacia quien lideraba las intenciones de voto tuvo éxito al momento en que muchos electores indecisos decidieron inclinar su apoyo al candidato de la extrema derecha.

Algunos analistas de Institutos de Investigaciones Electorales apuntan que al final del proceso, el presidente se benefició del llamado voto útil que provino fundamentalmente de los electores de Ciro Gomes y Simone Tebet (candidatos que disminuyeron significativamente su votación) temiendo por diversos motivos que Lula fuese electo en la primera vuelta. Especialmente Ciro Gomes ayudó a alimentar un sentimiento antipetista, atacando con vehemencia en toda la fase final de la campaña a Lula y a los gobiernos del PT. Movidos por esa impresión, a la hora del voto parte de los electores de Ciro decidieron dar su apoyo al candidato de la extrema derecha.

De todas maneras, queda en el aire la perturbadora interrogante de cómo es posible que 50 millones de brasileños y brasileñas sigan apoyando a Bolsonaro después de todo el descalabro sanitario, económico, social y ambiental que ha sido su gobierno. Esta es una pregunta que se hacen muchas personas en la actualidad, dado que resulta evidente que estos cuatro años han sido nefastos para el país en todos los ámbitos. Un periodo en el cual se instalaron los cimientos de un proyecto de erosión democrática y de destrucción del Estado democrático de Derecho y de corrosión de las instituciones.

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Al parecer nada de eso le importó a un 43 por ciento de los brasileños que ratificaron su apoyo a un mandatario inepto y genocida. Bolsonaro fue deturpando y carcomiendo todo el sistema político brasileño con sus actos ilegales y corruptos. Lo hizo en su historia de vida desde la época en que fue expulsado del ejército por conspirar contra esa institución, inclusive con la instalación de bombas en los cuarteles. Permitió el enriquecimiento de su familia por medios ilícitos y transformó a todos sus hijos en parásitos de un Estado que fue complaciente e indolente a las arremetidas de favorecimiento ilícito (como en el caso de las llamadas rachadinhas)[2]. Es decir, el ex capitán transfirió su conducta infractora en las diversas prácticas de su vida personal para el ámbito de la República, contaminando y corrompiendo a todos quienes le rodeaban.

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Pero el ex capitán no solo contaminó a quienes lo circundaban, también fue erigiendo un núcleo duro con milicianos y personajes con mentalidad truculenta y delictiva. Bolsonaro dio apoyo y abrió los portones para la expresión de comportamientos oportunistas, reñidos con la ética y la legalidad: desde conductas transgresoras consideradas “menores” -como no respetar la fila a usar las vías laterales de la carretera cuando esta se encuentra colapsada-hasta acciones claramente corruptas o delincuenciales, como atacar a comunidades indígenas en territorios demarcados o asesinar a defensores indigenistas o ambientalistas. Ese fue el caso de Bruno Pereira y del periodista Dom Phillips, asesinados por encargo de madereros en el Valle de Javari (Amazonas) a inicios del mes de junio del presente año.

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Este verdadero entramado de grupos y personas dispuestos a infringir la ley se ha venido instalando en los intersticios del Estado brasileño bajo el amparo de militares y funcionarios de la administración federal, construyendo una red criminal de poderosos tentáculos y enorme capilaridad en el territorio nacional. La presencia expresiva de las milicias en el Estado de Rio de Janeiro que desplazaron a los narcotraficantes, pero que operan con la misma lógica contraventora, representa una afronta para la democracia que a través del control incontestable de las poblaciones que habitan en ese espacio difunden el terror y la manipulación política cotidianamente.

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Es una especie de lumpen fascismo, que posee rasgos propios de las formas fascistas caracterizadas por Umberto Eco como el fascismo eterno en su libro Contra el fascismo, pero que se combinan con otras modalidades más atrasadas del comportamiento humano: la perversidad, el desprecio por la vida, la ausencia total de empatía por los otros, los sentimientos de odio y de venganza hacia el cuerpo social, etc.

Así, el escenario que se abre después de la primera vuelta electoral es sin duda de enorme complejidad para las fuerzas democráticas y progresistas. Muchos candidatos del llamado “bolsonarismo de raíz” fueron electos gobernadores, senadores o diputados federales, fortaleciendo las bases de representación de la extrema derecha. Sin embargo, los partidos de izquierda y progresistas también aumentaron sus asientos en esos mismos ámbitos, es decir, en los gobiernos estaduales, en el Senado y en la Cámara de Diputados. Quienes experimentaron un reflujo significativo fueron los partidos de la derecha tradicional, de la derecha moderada y liberal. Partidos como el Socialdemócrata (del ex presidente Fernando Henrique Cardoso) al parecer están en vías de extinción a mediano plazo.

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La semana pasada escribía con relación a la formación de un Frente Amplio para derrotar el fascismo, para lo cual faltó muy poco. El desafío que ahora se le presenta al candidato Lula y a los partidos de su base de apoyo es ampliar aún más los acuerdos para consolidar un bloque democrático que venza electoralmente al proyecto neofascista que pretende obtener su continuidad en el país. Lula ha señalado que este segundo turno hay que verlo como una oportunidad para madurar las propuestas y construir un abanico de alianzas antes de ganar, para mostrarle al pueblo lo que va a suceder, como se va a gobernar el país.

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En un ambiente polarizado -no radicalizado, pues los radicales son de la extrema derecha- entre el Pacto democrático liderado por el Partido de los Trabajadores versus las fuerzas retrogradas de ultraderecha, la tendencia es que los dos candidatos (Simone Tebet y Ciro Gomes) que obtuvieron mayor votación después de Lula y Bolsonaro, se sumen a este gran frente destinado a terminar con la actual gestión.

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La cruzada civilizatoria recién comienza, pero ella es imprescindible para -por lo menos en esta instancia – sacar a un gobierno que ha conseguido desmontar al Estado y destruir las políticas públicas de apoyo a las poblaciones más pobres y vulnerables de Brasil. Se vienen cuatro semanas que colocaran a prueba el repertorio democrático de los brasileños, transformando el triunfo de Lula en un imperativo de sobrevivencia que permita superar este periodo sombrío de dolor y devastación.

 

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Por Fernando de la Cuadra

[1] Doctor en Ciencias Sociales. Editor del Blog Socialismo y Democracia.

[2] Este es un crimen en el cual Flavio Bolsonaro (diputado en ese entones) fue acusado por montar un esquema en el cual funcionarios fantasmas le devolvían parte de los salarios pagados por el Estado.

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Doctor en Ciencias Sociales. Editor del Blog Socialismo y Democracia.

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  1. Margarita Labarca Goddard says:

    Yo todavía no logro entender cómo Bolsonaro sacó 50 millones d votos. Al parecer, en el exterior tiene muy mala fama, pero en el interior no es así. Muy mal informados estamos.

  2. Gino Vallega says:

    Después de confirmar que + de la mitad de los chilenos son pro derecha (pro pinochet?), el que el 50% en Brasil sean bolsonaristas, no debería extrañarnos si pensamos que la mitad de los argentinos están contra el gobierno Fernández-Fernandez, en Perú el profesor se mantiene por casualidad y así caminan con mucha dificultad los Mexicanos y Colombianos.

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