El increíble “rechazo” del proyecto de Reforma Constitucional destinado a convertir el agua en bien nacional de uso público (algo común en los países civilizados) no puede ser más ominoso, teniendo en perspectiva los restrictivos marcos dentro de los cuales podrá aprobarse una nueva Constitución. En efecto, el proyecto fue rechazado en el Senado pese a que ¡24 senadores votaron en su favor y 12 en contra! Como el quorum para ser aprobado es el tristemente célebre 2/3 de los senadores en ejercicio, es decir, 29 (aquellos son 43); el trascendental proyecto fue rechazado.

 

Es posible que estemos asistiendo a la caída de un régimen, al fin de la democracia representativa. Es posible que hayamos dado un paso un poco más allá de la postdemocracia, y nos encontremos ya en un espacio político amurallado. La democracia liberal, que nunca fue muy democrática, y hoy ya lo sabe todo el país, muta en nuevas estructuras para reforzar lo que siempre había cuidado: aquel régimen oligárquico instalado hace más de cuarenta años.

 

El neoliberalismo, como doctrina económica y política, se caracterizó en las décadas del 70 en adelante, en América Latina, por una creencia dogmática e ideologizada en que la desregulación de los mercados por parte de los gobiernos era el mecanismo más idóneo para crear un máximo de valores y de riqueza. Se postulaba que los mercados tenían la capacidad de autorregularse; de no caer, por tanto, en situaciones de crisis; y de conducir siempre a situaciones de máxima producción y de óptimo aprovechamiento de los recursos disponibles. 

El movimiento popular que recorre Chile desde el estallido social del 18 de octubre se desplaza como una entidad con vida propia. En este proceso ha podido recogerse, ampliarse, ocultarse y abrirse hacia nuevas expresiones. Desde hace ya casi dos meses , el movimiento no ha dado tregua. Sin partidos ni líderes, sin conducción visible, avanza y crece. El viernes pasado nuevamente la Plaza de la Dignidad recibió a medio millón de personas, una deriva esta vez reforzada por los cantos y la música. Las expresiones artísticas, como también las millares de convocatorias desde colectivos y movimientos populares, moldean desde abajo otro país. La fuerza que emerge desde las bases, que ha reconocido a un país como nunca en treinta años, tiene aterrorizada y cada día más arrinconada a las elites.

 

La relativa brevedad de la vida humana impide a menudo aquilatar individualmente los cambios históricos, cuyas transformaciones en general se desarrollan durante las existencias y las contingencias de varias generaciones. Sin embargo, en el último tiempo la prolongación de esta vida y una aparente aceleración de los cambios históricos producida por múltiples factores, me ha permitido al leer las recientes columnas mercuriales y de otros medios del rector de la Universidad Diego Portales, Don Carlos Peña, incluyendo su reciente columna titulada “Las máscaras de la violencia”, tener una sensación de déjà vu. Déjà vu que a mi juicio inhabilita totalmente la supuesta originalidad intelectual de las ofuscaciones interesadas de dicho rector y la putativa validez de ellas para entender la historia en nuestro país en los últimos meses. Aproximadamente treinta años atrás otro patrono furibundo del status quo y de la violencia estatal como el rector Peña, Don Eugenio Tironi, publicó una obra titulada “Autoritarismo, modernización y marginalidad”, (Editorial Sur, 1990), la cual yo analizara extensivamente en su época (Interciencia, 1993, No 6; Pluma y Pincel, 1994, No 169). En ella el Sr. Tironi, tal como lo hace el Sr. rector años más tarde para explicar la historia reciente (con pulsaciones, emociones, subjetividad y carnavales), usa una serie de pseudo conceptos y entelequias con raíces biológicas y psicológicas para examinar la realidad social y para justificar la violencia de la dictadura.

 

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