Los mismos electores que permitieron con su voto el triunfo de Sebastián Piñera son hoy los más declarados y encarnizados opositores: del 50% de apoyo popular, al comienzo de su mandato, hoy sólo cuenta con el 6%, (cercano al margen de error, por lo que se colige que no tiene o adherentes).

 

Es tan legal el poder de un Presidente tanto del 50%, como hoy del 5%, que aun cuando baje a lo mínimo, se seguirá sintiendo un rey, pues así es la democracia fiduciaria, y aunque el 95% de los chilenos, supuestamente detentores del poder, quieren que deje la presidencia de la nación, al inútil, ignorante y torpe y, además, violador de los derechos humanos, tendremos que soportarlo por dos años más y que sigan matando, torturando y mutilando chilenos.

 

Los senadores, que en tiempos republicanos me parecían respetables, (con orgullo puedo afirmar que mis dos abuelos formaron parte de esta Institución), compuestos por oradores y estadistas, hoy son apenas oportunistas que, apenas, rebuznan; por lo demás, en un país unitario la existencia del senado carece de todo sentido, pues normalmente, en todos los países representa a las regiones, provincias o departamentos, (la existencia del senado tiene sentido en un país federal y no unitario, como Chile).

 

En el sistema parlamentario la institución senatorial es muy útil para jubilar a viejos carcamales, como ocurre en España, Francia y otros países, (en Inglaterra están los lores, “nobleza de su Majestad”).

 

En Chile, los tartufos constitucionalistas se dan el lujo de interpretar las acusaciones constitucionales como un instrumento jurídico, cuando no es más que un correctivo de la monarquía absoluta presidencial. En la historia fidedigna de la Constitución de 1925 está claro que Arturo Alessandri influyó en la facultad de la acusación constitucional como una concesión a la mayoría parlamentarista, por consiguiente, el que se incluyan causales jurídicas, además de falso, es una ridiculez. Por lo demás, a nadie se le acusa constitucionalmente por delitos, que son materia de los jueces y no de los senadores, sino por abusos de poder o de atropellos a la libertad de los ciudadanos.

 

El Presidente Piñera y la combinación política que lo apoya, Chile Vamos, es minoritaria en ambas Cámaras, por consiguiente, tiene sólo la alternativa de comprar, sobre la base de prebendas, a diputados y senadores aguas-tibias, sin ninguna ética de la convicción y de la responsabilidad, y están en ese cargo gracias a las desviaciones del sistema D´Hondt, sumado al clientelismo y, sobre todo, a la estupidez de los mandantes, el pueblo, fácil de conquistar con un plato de lentejas, y de otros, los canutos, en que algunos pastores roban lo recolectado de los diezmos en beneficio propio, a cambio de la prédica y ofrecimiento de la vida eterna, y aduciendo también que Dios es derechista y está muy feliz con los ricos.

 

Desde la fundación de la Democracia Cristiana, (1957), hasta los años 70, la Democracia Cristiana era un Partido progresista, una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo; hoy, salvo honrosas excepciones como la de Francisco Huenchumilla, Yasna Provoste y unos pocos más, son podridamente reaccionarios, por consiguiente, lacayos del gobierno de Sebastián Piñera, a quien salvan con su voto en todos los proyectos fundamentales. Un mínimo de sentido común y de oportunismo me permitiría recomendarles que se unieran a la UDI, pues ya el conflicto entre conservadores cavernarios y socialcristianos ha desaparecido.

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Si fueran consecuentes formarían parte del Chile Vamos, de esta manera podrían aspirar a la presidencia de la república, apoyados por la derecha, y no habría nada qué reprochables, pues todas las Democracias Cristianas latinoamericanas hoy son ultra-reaccionarias: en Ecuador, por ejemplo, el Partido Socialcristiano destruyó su país y hoy conservadores a ultranza  representan lo más reaccionario de la aristocracia de Guayaquil y, además, convertidos en estrechos colaboradores del Presidente traidor, Lenin Moreno; en Perú, el Partido Socialcristiano obtuvo apenas el 0.5% de los votos, quedando fuera del sistema político; en Brasil, el autócrata Bolsonaro, en alguna etapa de su vida también fue democratacristiano.

 

Volviendo a Chile, no se trataba sólo de juzgar a la persona del intendente Felipe Guevara, sino a los atropellos de los derechos humanos por parte de carabineros, cuya responsabilidad cabe en una línea de mando que va desde el general director de la institución hasta el intendente, al subsecretario del Interior, al ministro del Ramo y, en la cabeza, al Presidente de la República.

 

En Chile, la irresponsabilidad e injusticia es absoluta en quienes ejercen el mando: si se delinque, quien responde siempre es el último en la cadena de mando, generalmente, un carabinero o un suboficial de bajo rango, que es sindicado como autor material del delito, pero el responsable de la orden resta impune e, incluso, se puede dar el lujo de condenar los atropellos a los derechos humanos perpetrados bajo sus órdenes.

 

En el caso de la absolución al intendente Guevara, no sólo son responsables del rechazo de dicha acusación la democratacristiana Ximena Rincón, sino también dos socialistas, Insulza y Quintero y el PPD, Felipe Harboe, quienes aprovecharon la ausencia para echar a pique la votación; por otra parte, nada más ridículo que los discursos de abstención de los también democratacristianos Carolina Goic y Jorge Pizarro, cuya fundamentación de su voto de abstención corresponde a la “antología de la ambigüedad”.

 

Nada se gana con recordar a los electores que no sean ingenuos y olvidadizos para seguir votando por estos senadores y por otros centristas, inclinados a la derecha dura.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

06/02/2020

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