Nacional

Ha llegado la hora del charlatán

De las actividades más favorecidas en estos aciagos días de pandemia, se encuentra el charlatán. Personaje amigo de hablar hasta por los codos y sin provecho. Si logra hacerlo hasta por los codos, son infinitas sus posibilidades de expresarse. En contraposición a la desatada verborrea, también se puede hablar utilizando los ojos, lo cual es la más bella forma de comunicarse. Una furtiva mirada de quien nos ama, de los hijos, hijas, nietos y nietas, constituye un bálsamo. La oportuna caricia. Ese guiño como sutiles pestañadas, constituyen palabras de silencio. Bellas expresiones que no necesitan expresarse. A menudo el silencio, mientras alguien nos toma de las manos, nos transporta a comprender mejor a quienes nos rodean. Ahora es el tacto que comunica los latidos del corazón.

 

Me refiero en cambio a quienes ignoran el efecto de mirar a los ojos y pululan en la política, en el arte, en los medios de difusión y se quieren convertir en iluminados. Hablan, escriben, pontifican, mientras predicen y opinan, dominados por la incontinencia verbal. Ningún asunto le es ajeno, pues creen manejar cualquier tema. Y si no lo dominan, tratan de engañar, escudados en su desatada verborrea. Ni la Enciclopedia Británica los supera en sabiduría. Me refiero al personaje bullicio, desmesurado y grandilocuente, porque hay también charlatanes divertidos, dueños de alguna información, que en Chile se le dice: “tarro con piedras”. A troche y moche quieren endulzar nuestras orejas, vestidos de Mesías, augurando tiempos mejores.

 

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A este grupo de selección espontánea, deben unirse ciertos escritores —no digo escribidores, pues estos poseen cierta dignidad y reconocen sus limitaciones— amigos de blasonar de su oficio. Cualquiera puede escribir sin necesidad de ir a la universidad o frecuentar una academia donde imparten talleres. Cacarean, lanzan proclamas y anuncian, provistos de una bocina, el inicio de la temporada de circo. Que la cesantía es hoy de un 8,2% es una minucia, que se va a resolver con trabajos de emergencia, ya sea recogiendo piedras de una orilla del río, para trasladarla a la otra orilla o retirar la basura de un contenedor para ponerla en otro.

 

El arte en general, nace bajo distintas miradas, y diferentes gustos, propuestas y se cultiva con absoluta libertad. Libertad que empuja a los genuinos artistas a ejercer el oficio, sin cortapisas, cuyas propuestas abren debates, críticas y se polemiza. Situación que aprovechan los parlanchines avispados, para inmiscuirse de contrabando en el tema y tratan de dictar cátedra.

 

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Ajeno al grupo se halla el vendedor callejero, que anuncia a voces su mercancía. Alejado de su oficio en estos meses de convulsión social. Admiro su trabajo, pues a menudo se trata de inmigrantes analfabetos, expulsados de sus países de origen o que han debido emigrar, empujados por la miseria. Como lo he expresado en otras columnas de opinión, todos somos hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes. Que nadie trate de exhibir apellidos extranjeros de compleja pronunciación, junto a pergaminos, escudos de armas o historias de antepasados patricios, pues en su mayoría, son antecedentes falsificados. A América venían a refugiarse después de escapar de la justicia, corsarios, estafadores y ladrones de bancos, que desde luego, vinieron a fundar bancos.

 

Los vocingleros, embaucadores por antonomasia, abundan en Chile. ¿Nombrar a los más destacados? Bien podría llevarme años de mi vida, aunque a estas alturas son escasos, en cumplir semejante odisea. Como se vive un encierro de amor, fidelidad conyugal, reunidos junto a la familia, al gato, urge distraer las horas, mientras los nuevos carceleros, nos quieren convencer de la bondad del sistema.

 

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Regresemos a la historia del charlatán. En la televisión, por ejemplo han aparecido émulos de Nostradamus y provistos del desparpajo del lenguaraz incontinente, hablan de pandemias, conspiraciones internacionales, acabo de mundo, invasión de alienígenos, quienes vienen a apoderarse de la tierra.

 

Por Walter Garib

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