Cuando el hambre, el miedo y la enfermedad se apoderan de los ciudadanos, no les queda otro recurso que recurrir al Estado, un monstruo filantrópico que, por medio de cajas de alimentos, les puede permitir la sobrevivencia.

En el siglo XVII, Thomas Hobbes sostenía que sin un poder superior y coercitivo los hombres se matarían entre ellos, en consecuencia, era necesario un pacto social que permitiera la existencia de un demonio, el Leviatán, dotado del poder de dominio, suficiente para evitar el exterminio entre los hombres.

A diferencia de Jean Jacques Rousseau, Hobbes no creía en mito de “El buen salvaje”, por el contrario, sostenía que “el hombre es el lobo para el hombre”.

En catástrofes como terremotos, inundaciones, huracanes y pestes, los ciudadanos se ven obligados a renunciar a sus libertades entregándolas al Estado. La democracia, incluso, en su forma liberal, es incompatible con los desastres, (en este caso, con el Coronavirus).

El gobierno en estados de excepción tiene el poder de decretar prisión domiciliaria la  encierro en la casa y tomar preso a quien no cumpla con las cuarentenas, por ejemplo; podría también imponer la congelación de precios de los artículos de primera necesidad, clausurar locales comerciales, expropiar propiedad privada, (las clínicas, por ejemplo, y su infraestructura, a fin de atender a los pacientes); emplear medios coercitivos, incompatibles con la democracia, (militarizar las calles de las ciudades), entre otras medidas. A Presidentes incapaces, con gran rechazo popular, el estado de excepción le viene como anillo al dedo.

Sebastián Piñera, que tenía varias posibilidades a elegir a partir del 18-0, optó por el camino del uso de la fuerza sacando a los militares a la calle, profundizando aún más su ruptura con la sociedad civil y, sobre todo recurriendo a la violación de los derechos humanos que, a cualquier Presidente de otro país le hubiera costado un juicio político y la eventual destitución, o bien su renuncia al cargo.

El Presidente y su consorte, a partir del 18 de octubre, estaban aterrados ante el rechazo popular; en ese estado de pánico expresaron insensateces, como declarar la guerra al pueblo chileno, – lo dijo el propio mandatario – o su señora al decir la famosa frase de que los alienígenas habían invadido el país.

Sebastián, por ese entonces, sólo contaba con el 6% de apoyo popular, y hasta el jefe de las fuerzas militares se reía de él al contradecirlo: “yo soy un hombre feliz y no estoy en guerra con nadie…” De esta catástrofe lo salvaron los partidos políticos de oposición, en acuerdo “entre gallos y medianoche”, mediante el cual se convocaría a un plebiscito en que la ciudadanía debía pronunciarse si quería o no una nueva Constitución.

Piñera, el ególatra por excelencia e incapaz de dialogar, está convencido de que es el ciudadano más capacitado para conducir el país, sobre todo, en situación de catástrofe. En cuanto a la emergencia sanitaria estaba convencido que, nuevamente, se luciría, (como en su primer gobierno al salvar a los 33 mineros), pero la realidad siguió demostrando que Piñera era completamente incapaz, y el resultado está hoy a la vista, con la multiplicación de las personas contagiadas por el Covid-19 y un récord de letalidad.

Nuevamente el limitado Presidente Piñera, viéndose ahogado ante el peligro de pasar a la historia como el mandatario que terminó de hundir este país, recurrió al Parlamento, en especial a las bancadas de los partidos políticos de oposición, a fin de acordar un plan cuyo monto alcanzaría US12 mil millones, que permitiría tener una hoja de ruta para enfrentar la crisis económica y su recuperación. Las economías que el país atesoró en años de vacas gordas, le permitiría financiar este proyecto.

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En uno de los principales acápites del proyecto la familia recibiría $100.000 per cápita, (un núcleo de 4 integrantes obtendría $400.000). El Acuerdo fue firmado por los partidos políticos opositores Democracia Cristiana, Socialista y PPD; los Partidos Radical, Comunista y Revolución Democrática no lo hicieron por varias consideraciones.

La hoja de ruta tiene varios defectos:

En primer lugar, no toca a los ricos: no incluye un impuesto patrimonial, un alza del royalty minero, un impuesto a las transacciones financieras a partir de un millón de dólares en bonos o en acciones, como tampoco contiene un impuesto especial a las ganancias estratosféricas de las AFP y las ISAPRES; el retiro del 10% de propiedad de los ahorros en las AFP, que, si bien es valioso, serviría para que los mismos pobres financiaran la crisis, que podría tener solución si el Estado financiera el auto-préstamo de los cotizantes.

En segundo lugar, el monto del plan completo es muy estrecho si consideramos la magnitud de la crisis que se nos viene encima, a corto y mediano plazo.

Las inversiones, por lógica, decaerán enormemente, pues en las crisis los inversionistas tienden a refugiarse en monedas fuertes, como el dólar, y en instrumentos financieros seguros, entre ellos los bonos del tesoro. Ya en este mes los bonos chilenos han bajado desde estables a inestables.

La mayoría de los países del mundo están invirtiendo desde el 10% de su PIB a fin de enfrentar la crisis económica, (Japón, Estados Unidos y algunos países europeos, con más del 100% de deuda externa, invierten grandes capitales para salvar la crisis).

Chile tiene, apenas, un 30% del PIB en deuda externa, por consiguiente, fácilmente podría pedir un crédito contundente de un 20% del PIB sin dañar mayormente nuestra capacidad crediticia, (hay que considerar que las tasas de interés en el mundo capitalista están en cero o, a veces, en negativo).

Desafortunadamente, incluso antes de la Pandemia, la democracia representativa y formal estaba muy debilitada, por lo tanto, asomaba el peligro del surgimiento de partidos políticos y líderes nazis. Nunca debemos olvidar “los campos de concentración”, que podrían renacer si el país cae en manos de un aventurero de la ultraderecha.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

16/06/2020

 

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