Crónicas de un país anormal

Elecciones en Perú: la doctrina, la mafia y el mito

El americanismo inspiró al maestro Víctor Raúl Haya de la Torre y a sus discípulos José Carlos Mariátegui y sus hijos putativos, expandidos por América, (el castrismo, el guevarismo, el tercermundismo…), todos ellos conservan el mérito de haber degustado “la manzana de Eva”, en que el mundo pobre – campesino – y el mundo rico – ciudadano –  estaban condenados a “cien años de combate” – como los protagonistas de Cien años de soledad, obra cumbre de García Márquez -.

El cielo llegaría luego de largas luchas obreras y campesinas de la mano de dioses gigantes – Carlos Marx, Lenin, Stalin, Trotsky, los Castro-Guevara – y como para los cristianos, adoptar el hábito de monje e, incluso, castrarse en la batalla del camino al cielo, para los primeros el guerrillero es el constructor del mundo nuevo.

Por otra parte, el colono y el colonizador conformaban la dupla diabólica de la condenación por siglos en la tierra del dolor y la angustia existencial. Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui interpretaron a fondo la ardua lucha del indio para conquistar la dignidad de ser humano.

Mariátegui comenzó el análisis de ese mundo mitológico indígena, que aún ocupa gran parte del territorio de América. Los dos mundos – el indígena y el colonial – podían combatir e intentar aniquilarse mutuamente y crear sus propios héroes – Tupac Amaro, Tupac Atari y, más al sur, Caupolicán y Lautaro -. A  su vez, en la guerra de Arauco – metodológicamente presentada en el poema épico La Araucana – Lautaro se convirtió en el héroe del pueblo indígena, utilizado por la masonería, a fin de combatir a favor de los colonos que luchaban por la posesión de la tierra, o bien, seguir el mito de la leyenda anglosajona.

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Con el mito andino de Mariátegui no era suficiente para lograr la anhelada libertad respecto al colonizador, en consecuencia, en el siglo XX emergieron las grandes  ideologías, reformas y revoluciones.

La izquierda latinoamericana, heredera de la Comuna europea, tenía que dotar de ideas a los indígenas, y el mito ahora se convertía en ideología: se era estalinista, trotsquista, leninista, maoísta. mariateguista o aprista… El desencantamiento de la ideología como camino de la historia llevó a los movimientos de izquierda latinoamericanos, en los años 60, al castrismo, el foquismo y la teoría del “hombre nuevo” guevarista. (En Chile, en forma única en el mundo, adoptar en camino del socialismo libertario de la vía chilena, impulsado por el gobierno de Salvador Allende, y  la idea de Joan Garcés ´cosa rara en el mundo´ puede estar seguro de que no sera sido plagiada).

Los partidos socialistas latinoamericanos, a diferencia de la socialdemocracia, intentaron ser originalmente latinoamericanistas, y así buscar en la sábana de la india Pachamama la libertad, (es el caso del socialismo chileno, incluso, podría vanagloriarse de su genial originalidad con respecto a las centenares divisiones de las sociales-democracias que, al final, terminan por convertirse en un débil socialismo fabiano).

En Perú, la tercera posición entre el comunismo y el capitalismo, fue borrando todo lo que tenía de mágico, creativo y latinoamericanista, aportado por los padres fundadores, (Haya de la Torre, Mariátegui…) y se fue disfrazando sobre la fracciones en que se dividiría – como las amebas – el marxismo: Mariátegui comprendió bien que no se trataba de copiar el modelo, sino que  hacer  del socialismo era una creación heroica.

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El Partido APRA, con su joven líder Alán García, tuvo dos veces la presidencia de la nación, en que se dio, por una parte, la destrucción de la economía en su primera gestión y, en la segunda, la instauración de un capitalismo salvaje, de características mafiosas, que han terminado no sólo por la destrucción del APRA, sino también la conversión del sistema de partidos  políticos en una “mafiocracia”, en el caso concreto, aliada al Partido Fuerza Popular, que lidera la familia Fujimori.

Es cierto que la democracia necesita de los partidos políticos y, a su vez, estos pueden devenir en mafias más peligrosas y asesinas que la peor de las tiranías: convertir en partido – como decía Robert Michels – en una burocracia clientelista es mucho más fácil para desembocar en un régimen totalitario a lo Mussolini.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

10/06/2021

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Historiador y cronista

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