A contar del Estallido Social el panorama político y social en Chile ha venido experimentando cambios importantes en los más variados aspectos, especialmente en lo que se refiere a la visión que se tenía sobre la sociedad y, de manera especial, de la pretendida estabilidad del modelo que se estableció a partir de la dictaduara militar y que se ha mantenido hasta el presente, con algunos retoques a una estructura económica y politico institucional que, en lo medular, se mantiene incólume hasta el día de hoy.

Desde octubre de 2019 se han producido cambios que se han expresado en una serie de actos políticos y de descontento social que han llevado al gobierno de Sebastián Piñera a hacer algunas concesiones, en orden de contener y pasivisar el descontento popular, lo que ha conducido a lograr un acuerdo con los partidos políticos de oposición para realizar una consulta sobre la forma de estructurar una Nueva Constitución para el país.

El acuerdo político que abre la posibilidad para una Nueva Constitución, redactada en democracia, es un logro importante forjado por la presión ciudadana que, a través de sus manifestaciones de descontento social, forzaron a los partidos políticos y sus representantes a convocar a una consulta ciudadana que, en razón de la pandemia, debió de ser postergada para el 25 de octubre de 2020. La posibilidad cierta de una nueva Constitución para Chile representa , quizás, la primera gran derrota del pinochetismo, después del plebiscito de 1988.

Cuando las protestas sociales se encontraban en pleno auge y la ciudadanía comenzaba a estructurar una estrategia de presión demoledora sobre el modelo neoliberal, surgió un factor externo, en forma de pandemia, que vino a obligar a la sociedad en su conjunto a tener que desactivar no solo la economía y la actividad social, sino que también afectó de manera especial al movimiento por el cambio que había logrado crear un nuevo escenario en el país y que debió quedar en compás de espera por tiempo todavía indeterminado. Esa situación vino a entregarle al gobierno de Piñera un espacio y tiempo para recomponer parcialmente sus filas.

La pandemia, aparte de la situación de orden sanitario que generó y la gravedad que ello conlleva, vino también a desnudar y profundizar la crisis de un sistema que venía exhibiendo grietas en sus cimientos y que tarde o temprano terminará por derrumbar el modelo económico y social impuesto por la dictadura de Pinochet y los grupos detentores del poder económico.

La crisis sanitaria profundizó la crisis económica y social en el país; el gobierno de Piñera se mostró completamente incapaz de dar respuesta suficiente y oportuna a las angustiantes necesidades de gran parte de la sociedad afectada por los acontecimientos señalados. El gobierno siempre llegó tarde y con ayudas económicas insuficientes y distribuidas de forma caótica, además manejadas con criterio político en que primó el oportunismo y la clara intención de mejorar su imágen en las encuestas que le han sido completamente desfavorables.

El manejo de la pandemia, tampoco ha escapado a la obsesión del gobierno por presentar un cuadro favorable para sus pretensiones propagandísticas. No obstante lo alarmante de las cifras, tanto de contagios como de fallecidos por el Covid-19, que sitúa a Chile entre los países con peores resultados en el mundo – en relación a casos reportados por millón de habitantes- el gobierno se ha empeñado en presentar el panorama de manera torcida y engañosa.

La segunda gran derrota del Pinochetismo en el presente, la constituyó la promulgación de la ley que permite retirar hasta el 10% de sus ahorros a un universo de 11 millones de compatriotas que necesitan de manera urgente solventar sus necesidades básicas de alimentación y otras. Esta derrota es emblemática, porque viene a provocar el primer gran forado al sistema de capitalización individual, instaurado en Chile durante la dictadura de Pinochet y los grupos económicos beneficiados con su creación. Este sistema fue creado para «secuestrar» los fondos previsionales de los afiliados y ser utilizados de manera maquiavélica contra los cotizantes y de esa forma aumentar el patrimonio de los grupos económicos que se apropiaron del país después del golpe de Estado.

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Después de las derrotas del Pinochetismo y del gobierno de Piñera se hizo un cambio de Gabinete ministerial, como una forma de contener y aminorar los efectos de las derrotas sufridas.
Para hacer frente al Estallido Social el gobierno optó por un equipo ministerial algo más neutral, en términos que no se les asociara directamente a la dictadura pinochetista: ni Blumel, ni Rubilar, ni Briones pertenecen a la generación que se comprometió con los crímenes de la dictadura y los robos a la propiedad de todos los chilenos. Por tanto, su incorporación al gobierno fue interpretado como un intento de manejar las cosas desde una perspectiva política menos cuestionada y hasta se habló de un tono dialogante de los nuevos ministros. El escenario era complejo y la situación aconsejaba actuar con prudencia ante la incertidumbre del momento.

En el segundo caso, en cambio, el Pinochetismo consideró una estocada profunda al sistema impuesto por ellos a sangre y fuego. La UDI y una parte de Renovación Nacional lograron hacer que Piñera recurriera a lo más retardatario de la reserva del pinochetismo y designara en su gabinete ministerial a dos de los más recalcitrantes y reconocidos pinochetistas, como Pérez y Allamand, además de Bellolio que oscila «entre ser y no ser» y finalmente siempre termina siendo pinochetista, aunque las excusas que busque para tomar su decisión, sean ridículas.

Lo que finalmente queda en evidencia es que el pinochetismo, aunque debilitado y abandonado en buena parte por sus antiguos seguidores, en la actualidad busca rearmarse y recomponer filas, porque están conscientes que su falso discurso de una UDI popular, que durante décadas logró mantener engañada a una buena parte del electorado nacional, basado más que nada en las redes del clientelismo político, fundadas durante la dictadura, hoy no responde a sus llamados, ni como electores y mucho menos como soporte social posible de identificarse con un partido político que es propiedad y brazo político de los grupos económicos que gobiernan el país.

Lo que queda como saldo positivo del Estallido Social y los efectos de la pandemia es que, aunque obligados a portar mascarillas faciales para evitar contagios, la «careta de los pinochetistas» se les cayó y desde el 19 de octubre de 2019, están obligados, por la fuerza de los hechos, a reconocer que son defensores de un sistema criminal y explotador, y la democracia les asusta.

 

NUEVA CONSTITUCIÓN PARA CHILE.

Higinio Delgado Fuentealba.

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