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El caso Democracia Viva: ¿democracia de los vivos?

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Una seguidilla de renuncias irrelevantes se ha sucedido luego de conocerse el caso de la fundación que se financiaba mediante fondos entregados por el Ministerio de Vivienda y que se investigan para dilucidar si se trató de tráfico de influencias o malversación de fondos públicos.

En un tema y conducta más bien asociado a la derecha y a los prohombres de la exConcertación, le ha tocado su turno a los nuevos políticos que llegaron al gobierno prometiendo diferenciarse de los viejos y corruptos políticos a los que aspiraban a reemplazar.

No seremos con ellos, advertían.

Pero el caso es que aprendieron en poco tiempo que no hay que ser como ellos para hacer lo que hacen, han hecho y harán: hacerse de dinero mediante cada vez más ingeniosos y creativos dispositivos y mecanismos, todos perfectamente legales.




Contrariando lo que se repite a menudo, el poder no necesita ser absoluto para corromper absolutamente. Basta con un poquito de poder y un ejemplo que seguir. Y, por sobre todo, con un sistema judicial hecho a la medida de la corrupción. Grande, chica o mediana, da lo mismo.

Súmese el convencimiento generalizado de que, al final, no va a pasar nada.

Se anuncian expulsiones para militantes que aparezcan implicados en aquello que hoy es motivo de reproche político y ético, pero que, como se verá, no va a constituir delito alguno como se ha demostrado en más de treinta años de trampas y malabares hechos por casi todo el espectro de la política.

Es posible que todo se resuelva por la vía de la más pragmática de las ingenierías políticas: aquellas tiendas que se hayan visto involucradas por medio de algunos de sus militantes destacados, pronto se van a fusionar en partidos de vistosos, evocadores e imaginativos nombres.

En esos partidos reaparecerán aquellos militantes ahora sujetos de reproche, quienes van a blandir sus certificados judiciales de buena conducta entregados por los Tribunales de Justicia, los que, como su nombre lo indica, solo se limitan a interpretar las leyes escritas y no las que emergen del sentido común. O simplemente de la decencia más silvestre.

Y el mundo seguirá andando.

La dictadura de Pinochet y la ultraderecha, inauguró una época en la que el robo se hizo cultura. Ese tenebroso lapso no solo fue caracterizado por la brutalidad homicida con la que los poderosos hicieron saber su odio de clases, sino, además, por el despliegue de la mayor de las sinvergüenzuras que cubrió con un manto de vergüenza la cacareada honestidad, sencillez y honor militar.

Lo anterior puede considerarse como cosa lejana, pero no.

Sin ir más lejos, lo sucedido con los dirigentes de Revolución Democrática y sus negocios grises, es legítima herencia de ese pasado tan presente en el que la función política previene un futuro espléndido para los afortunados que logran ser parlamentarios, ministros, subsecretarios, altos asesores, operadores o directivos de cualquier cosa. O generales.

El caso Democracia Viva durará lo que un suspiro. En un país acostumbrado a inundaciones y sequías bíblicas, terremotos y tsunamis devastadores, incendios infernales y políticos de rasgos cancroides, unos cuantos millones sacados con poca previsión no será tema por mucho tiempo.

Y lo anterior, que puede ser entendido como la reflexión propia de un pesimista, es algo que los involucrados tienen en cuenta cuando hacen un malabar en la cuerda floja: en un país acostumbrado al ejercicio de sinvergüenzuras monumentales, lo que haga un par de aficionados, por mucho empeño que le pongan, no pasará de ser materia del olvido más eficiente.

“Se podrán meter las patas, pero no las manos”, adelantaba el presidente Salvador Allende para advertir que no se aceptarían hechos de corrupción entre sus colaboradores.

Y la jauría de genocidas que abatiría su histórico intento, por años hablaría de corrupción, robos, negociados, apropiaciones indebidas en los que habrían incurrido los más señalados de los dirigentes del Gobierno Popular. Subido al carro de los oportunistas, el presidente Boric llama a revisar ese período.

Sin embargo, luego de cincuenta años de ataques y mentiras, jamás se ha logrado demostrar una sola de esas acusaciones. Como se sabe, los errores e insuficiencias no cuentan como ítems de la corrupción.

Así las cosas, lo único claro es que las anchas Alamedas seguirán esperando a aquellos que sean dignos de ese paso.

Estos no fueron.

 

Por Ricardo Candia Cares

 

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Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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  1. Felipe Portales says:

    Contrariamente a una falacia muy repetida (que no por eso deja de ser falacia) el FA no ha separado aguas con el neoliberalismo corrupto y corruptor que ha primado en estos 50 años. A tal punto que le ha entregado los ministerios claves del actual gobierno al concertacionismo neoliberal…

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