Crónicas de un país anormal Debate

El catastrófico inicio de la Convención Constituyente

Chile se ha hecho famoso como un país de ensayos políticos: hacia los años 30 del siglo XX fue el único país latinoamericano que tuvo un Frente Popular – similar al de Francia y de España – y, a su vez, en ninguna de sus Constituciones han participado los ciudadanos,  y salvo en los distintos plebiscitos para ratificarlas, todos ellos fraudulentos e ilegítimos. Durante varios años los ciudadanos han aceptado Constituciones impuestas por los militares, dándoles la categoría de legitimidad.

En los años 20, grupo de jóvenes militares, entre ellos Marmaduque Grove, Carlos Ibáñez, y otros, que hacía tiempo  no recibían sus sueldos, además, para ascender en el escalafón militar debían esperar hasta la ancianidad, cansados de tanta tramitación y de parloteo parlamentario al respecto, con la caja fiscal en cero, jugueteaban con los políticos amenazando con golpes de Estado. El Presidente de la República, Arturo Alessandri Palma, líder populista, demagogo y de una alta audacia e inmoralidad, se dedicaba a visitar los Regimientos con arengas insultantes en contra de los militares.

Tanto la derecha como los seguidores del demagogo Alessandri se dedicaban a conspirar y a realizar elecciones fraudulentas. Para los militares, la única solución para poner fin a la llamada “república parlamentaria” era la de convocar a una Asamblea Constituyente, es decir, una especie de alianza con los sectores populares, a fin de que expulsara del poder a la oligarquía. Por otro lado, el Presidente Alessandri buscaba la alianza con los militares para instalar un régimen presidencialista, a fin de terminar, de una vez por todas, con la “farra” parlamentaria.

Los militares, dueños de las armas, sólo les faltaba un acuerdo entre los  altos oficiales, y los jóvenes militares; los generales aristócratas, como era lógico, querían continuar siendo los “mercenarios” de su clase social, por consiguiente, los jóvenes, (Ibáñez, Grove y Lazo…), indignados con los parlamentarios, que habían aprobado una dieta en un país en el cual las arcas fiscales estaban vacías, desde las Tribunas del Congreso, hicieron sonar sus sables en la manifiesta crisis de insubordinación.

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Según la Constitución, las Fuerzas Armadas no pueden deliberar en política, y aterrada la oligarquía parlamentaria, su única salida consistía imponerle a la zaga un conjunto de leyes, bien progresistas para la época.

El presidente de senado, don Eliodoro Yáñez, muy asustado ante los últimos acontecimientos, acudió a recibir al general Altamirano, Comandante en Jefe del Ejército, hasta la puerta del Congreso, y con zalamerías, todos los discursos se realizaron en apoyo a los militares, (sólo el diputado Pedro León Ugalde tuvo el valor de defender la dignidad parlamentaria).

Los militares no tuvieron otro recurso que cerrar el Congreso, para ese entonces ya convertido en un bar en que turnaba el champaña con la vaina, (importada por don Andrés Bello desde Venezuela).

Los militares jóvenes intentaron hacer cumplir la palabra del llamado a la realización de la Asamblea Constituyente, y los únicos que respondieron fueron los estudiantes, los obreros, los profesores, los profesionales, y otros grupos, que se reunieron para acordar y redactar una serie de cambios a la Constitución vigente. Alessandri, por consejo del Presidente de Argentina, quien le advirtió que una Asamblea Constituyente llevaría mucho tiempo en su redacción, le sugirió conformar una pequeña comisión, que se encargara de dar más poderes al Presidente de la República.

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Alessandri, inteligente y sagaz, entendió el famoso dicho romano, “dividir para reinar”, llamó a una Asamblea Constituyente, en la cual estuvieran incluidos todos los partidos políticos, incluso los anarquistas. Este Consejo fue presidido por Ricardo Lyon, presidente del Partido Conservador, pero sólo alcanzó a reunirse por dos veces, pues Alessandri, ambicioso de poder, formó una pequeña comisión y, en pocos días redactó, a su amaño, la nueva Constitución.

En cualquier grupo, sabemos, no falta el latero a quien gusta sobresalir mostrando su conocimiento, en este caso, en derecho constitucional, pero afortunadamente, los más valientes de esta Comisión, se atrevieron a contradecir al Presidente Alessandri. Entre sus miembros se encontraba el inspector del Ejército, Mariano Navarrete, quien muy caballerosamente hizo ver a sus compañeros de Comisión, que lo redactado por el Presidente no podría ser modificado, y que debiera ser aprobado y votado plebiscitariamente, con votos de tres colores: el rojo, a favor; el blanco, para que continuaran los militares en el poder; el azul, un parlamentarismo suavizado. Como era lógico, al no existir el secreto del voto, triunfó fácilmente el rojo.

Todos sabemos que en Chile el pueblo nunca ha participado en una Asamblea Constituyente, y la mayoría de las Constituciones se ha convertido en un verdadero circo, (entre el Sr. Corales, que representa a los militares, y el pueblo mero espectador y sólo enterado de los distintos referendos fraudulentos), y las Constituciones hasta ahora son el título de propiedad de la oligarquía.

Desde 1812, cuando el militar José Miguel Carrera se dedicó a circundar la Plaza de Armas, el Congreso ha sido, hasta ahora, mil veces superior al Circo Chamorro: centro de diversiones para gotosos, oligarcas y ávidos de poder, y siempre, bajo la espada de Damocles, de los militares y el pueblo que, al final, es el subordinado y obediente.

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Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

06/07/2021

 

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Historiador y cronista

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