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martes, 09 de febrero de 2010
El verdadero día en que Michael Jackson se convirtió en mito PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Ricardo Pinto (Ripne)   
viernes, 26 de junio de 2009
 Que vivió preso de sus trancas de niño, que murió en la polémica y víctima de sobredosis, que se transformará en la última leyenda de la era más dorada y olvidada del pop, que sus años transcurrieron entre la brillantez de su carrera pública y lo oscuro de sus actos privados. Es el comentario generalizado que siempre aparece, que somos capaces de entender. Porque en días de conmoción para unos o indiferencia de otros, la muerte de un personaje tan ícono como Michael Jackson claramente inducirá al análisis frío. Tanto como rozará el error.

Acusaciones, rumores, victorias, sinsabores, juicios más o alabanzas menos, hay una fecha que traspasó su propia historia personal y lo consagró en vida como un fenómeno superior, una marca registrada que seguirá recordándose en los anales que revisen hitos del hombre contemporáneo. Y créame que no exagero cuando hablo así del 30 de noviembre de 1982, el día en que el mercado -no sólo el de la música y la entretención- recibe los ecos de “Thriller” y dejó de ser el mismo para siempre.

Porque a la hora de hablar del mortal también podemos divagar con más o menos argumentos. El tipo habitó con la pseudo esclavitud artística y familiar, sometido rigurosamente a apremios que le extirparon su niñez, a compromisos que minaron su adolescencia. Un acostumbramiento al estilo de vida que lo consumió, que lo condenaría a coexistir entre el aplauso y la soledad, en medio de la extravagancia y la locura. Sopesar tal inicio permite entender su atribulado desplome. Pero fue ese irónico día de noviembre en que este músico de excepción quedaría perpetuado sin siquiera acercarse a una propia existencia medianamente normal.

Michael Joseph Jackson tenía recién 24 años y ya superaba largamente los logros de cualquier mega artista de la época a comienzos de los ‘80. Con el soporte de Quincy Jones, el ex niño prodigio dejaba la estela de su grupo familiar y veía como su nuevo entorno gozaba los réditos de “Off The Wall”, su disco de 1979 –para mi gusto, el mejor de todos- que vendía cerca de 10 millones de copias a esa altura. Todos disfrutaban, todos menos él.

Bien dicen que los elegidos nacen y sólo ellos descubren su destino. Con tanta frustración infantil en el pasado e igual reconocimiento encima, “Jacko” apeló a la rebuscada perfección y la encontró a poco andar. Usó el crédito reciente apenas como una plataforma, se rodeo de los más grandes músicos de la época –Paul Mc Cartney, Eddie Van Halen, Steve Porcaro- para congregar estilos y lanzó un disco que escapa a los registros antes conocidos. Al inusitado método para mezclar las tan diversas pistas que componen los 9 sencillos, les sumó coreografías ostentosas como argumento de guiones transformando simples videos musicales en verdaderos cortometraje, Remecería a la industria venidera que se vio reinventada para siempre gracias a la imagen y la versatilidad de ritmos en un mismo trabajo, sin dejar de lado lo comercial.

Por esos años, el EEUU post guerra fría, conservador y líder de un globo polarizado tenía en el  joven Jackson a su personaje más querido, incluso por sobre la figura del Presidente Reagan. Fue alcanzar un trono tan alto que ni el propio cantante y bailarín lograría igualar, por más que bastase para seguir cosechando réditos con sus intentos posteriores. Los alcances de este sólo disco hacen que el fallecido artista ocupe hoy un lugar exclusivo al lado de John Lennon y Elvis Presley, otros dos que vivieron más allá de su propia pasada por este mundo.

Eso explica en que estos serán días donde el Rey del Pop vuelva a gobernar sin competencia en las radios, en la conversación de pasillo, en que sus trabajos serán repasados una y otra vez, en que se venderá su legado por millones y los más chicos preguntarán quién era, en que recordaremos desde historias escabrosas del supuesto pederasta al inigualable paso del “moonwalk” en los mejores escenarios del mundo. Se tendrá que hacer justicia y reconocer su primitiva preocupación por el deliberado abuso del hombre en algunos continentes, por el descalabro ambiental, aceptar su aporte al emplazar tanto tema vedado con una simple melodía de cinco minutos en la MTV.

Meses en que vendedores mundiales de merchandising o periodistas carroñeros como Víctor Gutiérrez se llenarán nuevamente los bolsillos usufructuando de su figura. En que muchos haremos conexión con algún hecho de nuestro pasado ligado a su carrera, a su música, a su herencia. A mi me toca de cerca por eso de haber viajado desde el sur y hecho procesión nocturna al hotel que lo hospedó en Santiago, por la macabra coincidencia de tomarme al regreso de esa caminata -el 20 de octubre del ‘92- algún descanso en el mismísimo lugar donde horas después matarían a seis personas en una micro, en la denominada masacre de Apoquindo. O recordar el Nacional oscuro y expectante, para que de un segundo al otro, su imagen excelsa apareciera sobre la tarima generando el más grande delirio que se haya visto en cualquier show realizado en Chile.

A partir de hoy, se convierte en una máquina incombustible de hacer dinero por el sólo hecho de  crear himnos inmortales como pocos, toneladas de dólares que valdrán esos derechos de canciones, libros, guiones o bosquejos que, como en el caso de sus antecesores –Elvis o The Beatles-, paradójicamente el mismo Jackson adquirió parcialmente en su momento.

Como otros genios del arte que marcaron sus años entre la luz de su creación y la oscuridad de su final, Michael Jackson se inscribió como uno de los últimos maestros en partir dejando largo y suntuoso legado para futuras generaciones.

Pero no me vengan con que hoy día, con su deceso, recién nace el mito del cantante que vendió 750 millones de discos y traspasó todas las fronteras idiomáticas y culturales. La leyenda del “caminante lunar” surge hace 27 años y se quedó para siempre. Incluso, por sobre su finita subsistencia. Como suele pasar con esos pocos que llaman “los elegidos”...

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